miércoles, 14 de febrero de 2018

LUIS DOMINGO BERHO (Charla 3)


AM 1520 Radio Chascomús – Audición “CAMPO AFUERA”
Micro Nº 31 – 14/02/2018

Antes de salir “campo afuera” pa’ poder tender la vista mirando lejos, dende’l banco chueco en el que estoy sentao, vamos a ver si le arrimamos unas “astillas” al “Fogón de los Poetas”.

Si bien el miércoles pasado ya nombramos algunos de sus libros, nos centraremos hoy en detallar a todos y cada uno. El primero -como ya vimos-, fue “Cortando Campo” en 1954; “14 sonetos ½”, editado por la marplatense Cooperativa de Autores, como “Cuadernos Marplatenses N° 1”, sin fecha de publicación, pero que estimamos de la década de 1950; el 20/10/1972, ya en Bs. As., “Puerta Ajuera”; en diciembre del mismo año “La Milonga Macabra”, folleto de 24 páginas que contiene un solo verso de 97 décimas; el 3/01/1975 el opúsculo “Antiprosas”; “La Chata de Lobería” 08/1983, “Estación de Vía Muerta” de 08/1984; le sigue “Milongas Tuercas y Humoradas Tuercas”, de 04/1985 y “Tranquera de Alambre” de 11/1986.
Sin ningún tipo de datación tenemos el folleto “El Maceta… y otras composiciones”; y las cartulinas de un solo poema: “Receta del Guiso Carrero”, “Sulki Viejo”, “Galleta’e Campo”, “Alpillera” y “Molina Campos”, esta última publicada por la Dirección de Cultura de la Municipalidad de Gral. Rodríguez con auspicio provincial, se tratan de cuatro décimas dedicadas al artista plástico, que en contratapa lleva una partitura musical firmada por Jorge Luis Pavón, entendemos debe ser una milonga.
En condición de póstumo, en 09/1999 aparece su deseado libro “De Mi Galpón” que contiene 82 poemas, y cuenta con tapa y contratapa del calificado artista plástico Rodolfo Ramos.
A estos trabajos debemos sumarles sus grabaciones en cassetes que totalizan 7 producciones, ninguna de ellas fechadas; con cinco identificadas como generadas por Discos I.A.S, una por Discos H.S y la restante sin datos.
Sus títulos: “Cortando Campo”, “Domingo Berho”, “Arpillera”, “Tranquera de Alambre” (de estos cuatro hay una versión en Disco Compacto), “El Maceta Viejo”, “Galleta de Campo”, y “Milonga Macabra (tomo 1)”
En ellos graba un total 65 composiciones (con algunos temas como una chacarera y una zamba) que no figuran en ninguna publicación), y  aparentemente la mitad de “Milonga Macabra” por eso de “tomo 1”, ignorando si llegó a grabar el “tomo 2”... creemos que no.
Mucho lamentamos quienes andamos hurgando en la obra de distintos escritores, la falta de datos en sus trabajos, y de eso adolece  toda la obra de Berho: nunca hay una introducción o prólogo que cuente y brinde información; faltan las fechas que permitan dar un ordenamiento a su labor. Carencias fácilmente solucionable y que no hubiesen encarecido las ediciones.
A diferencia de Charrúa, Menvielle o Risso, enfrascados tozudamente en lo de ambiente rural, Berho no tenía inconveniente en diversificar su trabajo y encarar composiciones ajenas por completo al ámbito paisano, como las “Milongas Tuercas”, las “Antiprosas” o los “14 Sonetos 1/2”.
Redondeamos esta charla con la lectura de las ocho décimas de “El Pilchero”, que se pueden leer en el blog "Antología del Verso Campero"


domingo, 11 de febrero de 2018

CANDIL

LR 11 – Radio Universidad – “CANTO EN AZUL Y BLANCO”
Micro Nº 59 – 11/02/2018
Con su licencia, paisano! Acomodado en la cocina grande, junto a la ventana para tener mejor luz, mientras gustamos un mate, vamos a ver si compartimos “Decires de la campaña”.
En los tiempos de la ‘Patria Vieja’ el asunto de las luminarias puede decirse que fue un problema si lo miramos con los ojos de hoy, pero para la gente de esos entonces, acostumbrada a arreglarse con poco, no le causaba trastornos.
Seguramente la ‘primera luz’ la brindaron las llamas del fuego, pero ante la necesidad de poder llevar la luz de un lugar a otro de una forma manual, se recurrió al “candil”.
La voz “candil” tiene un origen muy remoto si nos atenemos a que deriva del latín “candela”; de ésta, en el árabe antiguo se formó la palabra “qindil”, y durante el largo proceso en que los árabes dominaron media España, derivó en la expresión árabe-hispana “qandil” -escrita con ‘q’-, que finalmente castellanizada es la que hoy conocemos, escrita con c: “candil”.
Su construcción ha sido muy simple recurriéndose a recipientes de varios tipo de tamaño regular a chico: una lata, un cucharón en desuso, un frasco, y muy comúnmente en nuestra campaña, una pezuña o una media asta o punta de guampa; por eso, en un verso de hace años pusimos: “un candil hecho en guampa, ver me deja / al volcar su penumbra por el real…”.
El recipiente se cargaba con sebo de vaca o grasa de potro, y se agregaba un pedazo de trapo que hacía las veces de mecha, cuyo extremo exterior era el que se encendía; su luz era pobre y además del fuerte olor tenía la contra del humo que producía… pero, parece que algunos paisanos le habían encontrado la vuelta, por eso en sus “Cuentos del Caminante”, don Rafael Darío Capdevila transcribe el dato brindado por un informante, y dice: “El agüelo se fabricaba unos candiles que no echaban casi humo. Sabe que entre la grasa le mesturaba bastante ceniza. Le ponía un pabilo grueso que vendían en lo de Bedoya y así los armaba.”. Vale acotar que esta particularidad es de la zona de Tapalqué.
Nuestro siempre evocado Artemio Arán pone en su prosa una veta poética cuando describe su uso: “En los inviernos preside las reuniones en la cocina y cuelga sombras descoyuntadas con ayuda de la brisa, decoración para que el narrador se luzca. // Y en las noches estivales, es como pulpería, donde las mariposas y el bicherío gastan su pilchaje de alas en borracheras de luz”.
Evocando esos bailes de los que hablamos unos programas atrás, y en lo atinente a la iluminación, dice don Ambrosio Althaparro: “Si la pieza tenía lámparas de tubo no necesitaba refuerzo de iluminación; si solo disponía de candil, era indispensable agregar uno o dos más, según los elementos con que se contase para armarlos. Las velas de factura casera solían usarse también, empleando botellas como candeleros”. Estas, las velas, terminarían desplazándolo.
Don Wenceslao Varela, en la dedicatoria de su libro casualmente titulado “Candiles” usa una metáfora que reza: “A mis padres, para que, en la tenue luz de mis ‘candiles’, llenen sus ojos opacos y activen el ritmo perezoso del corazón cansado”.
Ilustramos con las décimas que escribiera el poeta de Las Flores, Ricardo "TiTo" Urnissa, tituladas "Candil", que se pueden leer en el blog "Poesía Gauchesca y Nativista"

miércoles, 7 de febrero de 2018

LUIS DOMINGO BERHO (Charla 2)


AM 1520 Radio Chascomús – Audición “CAMPO AFUERA”
Micro Nº 30 – 07/02/2018

Antes de salir “campo afuera” pa’ poder tender la vista mirando lejos, dende’l banco chueco en el que estoy sentao, vamos a ver si le arrimamos unas “astillas” al “Fogón de los Poetas”.

Tras aquellos primeros pasos en la vida relatados en la charla anterior, sabemos gracias a Roberto Cambaré (quién cuenta que mantuvieron: “una amistad muy apoyada en lo literario”), que el llamado al servicio militar -esto debió ocurrir hacia 1945- los llevó a presentarse en la Guarnición Militar Mar del Plata; allí, en un gran playón, formados bajo ardiente sol estuvieron los aspirantes a soldados durante horas, lo que provocó que algún cayeran agotados y otros pidieran ayuda por sentirse mal. Así fue que los afectados (el problema general era insolación), iban siendo derivados al Sector Enfermería, y en un momento dado el propio Cambaré debió ser enviado a dicho sitio; realizadas las primeras atenciones y viendo que su estado no era delicado, lo pusieron a barrer la sala donde estaban las camas en las que reposaban siendo atendidos aquellos aspirantes más delicados. Cuenta el autor de “Angélica” que  mientras barría sintió ganas de decir el poema “El Temulento”, y como curiosamente estaba prohibido recitar y no así cantar, inventó una melodía y cuando comenzó con el primer verso (“Ya van tres noches de festín, en ellas”), escucha que desde una de las camas alguien entona el segundo verso -“ávido el corazón de un algo inmenso”-, y continuó Cambaré y continuó el enfermo, y así, cantando bajo hasta el final del poema, donde recién supo que ese otro joven se apellidaba Berho, naciendo a la edad de 20 años y por una casualidad poética, una “amistad en lo personal y en lo afectivo, que fue muy grande”.
Hoy podemos compartir esta anécdota, pues el periodista y poeta Pedro Leguizamón, lo hizo público en un interesante artículo publicado en la sección “Cultura” de “La Capital” de Mar del Plata, un mes de febrero de hace 17 años. Los méritos, para quienes los merecen.
Cumplen ambos el servicio militar en la ciudad de Bariloche aunque en distintos regimientos, y al recibir la baja será Mar del Plata el lugar que los reunirá, pues Berho ya tenía allí “su piecita”, y Cambaré abandonará su Balcarce natal para mudarse a  la ciudad costera. 
Mar del Plata vivía un importante movimiento de raíz telúrica, y allí se suma a las reuniones de “Vasco” Giménez, de los hermanos Gromaz, de Ñusta de Piorno por citar a los que más trascendieron.
Ignoramos cual fue su medio de vida en esa época, pero si sabemos que la literatura lo tenía muy ocupado, al punto que a los 28 años, o sea por 1954, da a conocer su primer libro de versos “chacareros” que bautiza “Cortando Campo”, casualmente el titulo de un largo verso en décimas de tono más vale de humor criollo.
Pero lo que generalmente denominamos “gauchesco” no era por cierto su obsesión, y así, una Cooperativa de Autores marplatenses le publica un pequeño volumen llamado “14 Sonetos y medio” que nada tiene que ver con lo que de él aplaudimos, al que años después, ya en Buenos Aires, sumará otro raro ejemplar que denomina “Antiprosas”, esto por 1975.
Buscando entre sus obras menos difundidas, ilustramos con "Domingo" (el verso se puede leer en el blog "Poesía Gauchesca y Nativista")

domingo, 4 de febrero de 2018

CHIRIPÁ


LR 11 – Radio Universidad – “CANTO EN AZUL Y BLANCO”
Micro Nº 58 – 04/02/2018
Con su licencia, paisano! Acomodado en la cocina grande, junto a la ventana para tener mejor luz, mientras gustamos un mate, vamos a ver si compartimos “Decires de la campaña”.

Sin lugar a dudas fue el chiripá prenda infaltable en los atavíos del gaucho neto durante el Siglo 19, o sea la centuria del 1800. Sus antecesores habían usado el calzón, especie de pantalón ajustado hasta la rodilla, a esa altura abierto en los costados (prenda similar a la que suele verse usar a los toreros), y por debajo el calzoncillo cribado, tal cual se siguió usando con el chiripá.
En cuanto al significado de dicha palabra, siempre ha tenido más prensa la versión que le da origen quichua: “chiri” = frío, “pac” = para el, o sea una prenda para abrigarse, “para el frío”.
El afamado quichuista don Domingo Bravo ha dicho que en sus estudios encontró que no contienen dicha palabra los diccionarios de Perú, Ecuador ni Bolivia, y deduce que esto fue porque en esas naciones no se usó tal prenda, de ahí que él sostiene que su origen deviene del quichua santiagueño, donde la palabra original tiene que haber sido “chirípaj” y no “chiripa”
Ahora bien, hay otra versión muy poco conocida, y es la que da el afamado investigador criollista uruguayo, Don Fernando Assuncao, en su libro “Pilchas Criollas”. Cuenta allí: “Quienes primero usaron una jerga cuadrilonga sujeta a la cintura y larga hasta la rodilla, de una tela basta de telar, fueron los indios en los establecimientos misioneros”, y fue éste un recurso de los jesuitas para cubrir las denudeces de aquellos pueblos originarios que estaban catequizando y educando de acuerdo a la cultura occidental. Continúa “Posteriormente se suministraba a los indios, un gorro, una camisa, unos calzones y un poncho, pero estuvo muy lejos de eliminar el uso de aquella prenda tan simple y cómoda (el chiripá), especialmente en las faenas del campo y en particular en aquellas largas jornadas a caballo…”. A continuación sostiene que “hasta el nombre a mi juicio es de este origen misionero-guaraní. En nuestra lengua “chiripa”, significa cosa de poca monta o valor. (…) Resultaría así que para los Padres, los indios catequizados eran vestidos de chiripa”, y luego, como el idioma guaraní acentúa en la última sílaba, el uso diario hizo que la palabra dejara de ser “chiripa” para pasar a ser “chiripá”, tal cual la pronunciamos en la actualidad.
Don Justo Sáenz sostiene que fue prenda típicamente argentina, uruguaya y riograndense.
Don Carlos A. Moncaut, en sus inicios de escritor, publicó en 11/1958 un artículo referido a la pilcha que nos ocupa, en el diario “El Pueblo” de Magdalena, y allí arriesga un origen: “Luego de los quichuas que fueron quienes lo usaron originariamente, fue adoptado por los araucanos, de quienes lo tomaron los indios pampas. Estos, a su vez, lo transmitieron al gaucho, quien comenzó a llevarlo a partir de 1780”
Otro estudioso de la vida gaucha, don Federico Oberti, que también rastrea orígenes dentro los pueblos nativos afirma: “los mapuches lo usaron ocasionalmente y lo denominaron chamal primero lo usaron a “la orientala”, y más tarde pasado entre las piernas.”
La denominación de “a la orientala”, responde a la forma de usarlo de los uruguayo, que viene del uso impuesto en las ya citadas misiones; así, el chiripá no va pasado entre las piernas, ya que la tela cuadrilonga que lo compone, se envuelve a la cintura de derecha a izquierda y se sujeta con la faja, quedando como una pollera, siempre con el calzoncillo debajo. El notable pintor oriental Juan Manuel Blanes lo ha inmortalizado en una obra titulada “Los 2 chiripaes”.
Hacia 1845, Francisco Javier Muñiz, en su ensayo de “Diccionario Rioplatense”, lo define: “Todo campesino y soldado a caballo usa el chiripá en la República del Plata. El chiripá lo forman de un poncho o jerga tejida del país, o de fábrica inglesa; alguna vez lo hacen de paño”.
Está claro que los primeros usuarios fueron las personas de bajos recursos; por eso al despuntar el 1800, Félix de Azara deja testimonio, al decir: “Y los peones o jornaleros y gente pobre, no gastan zapatos; los más no tienen chaleco, chupa ni camisa y calzones, ciñéndose a los riñones una jerga que llaman chiripá”. Éste, según el ya citado artículo de Moncaut, era de un paño “liviano y burdo de algodón, generalmente de color beige, y veces con franjas de varias listas blancas, fue el más común”, esto último refiere a las telas o ponchos listados, conocidos como “de a pala”.
Poco a poco su uso se extenderá a todos los niveles sociales de la vida rural, y los chiripaes de merino negro, con blusa o saco, bota de potro o fuerte, llevados debajo de la pantorrilla, eran prenda de lujo. Vale aclarar que en plena tarea de a caballo, o en el transcurso de la yerra o al jinetear, se lo usaba corto a la rodilla o arriba de esta.
El ya citado Moncaut informa que hacia 1908, en el Tuyú, “vivía un negro pobre que usaba chiripá de arpillera”, y esto me trae al recuerdo, la oportunidad en que pregunté a mi abuelo (nacido en 1900), si recordaba en su niñez haber visto hombres de chiripá, y luego de hurgar en su memoria, me respondió: “Uno solo, un paisano viejo que era mi padrino, muy pobre, y usaba chiripá de bolsa de arpillera; andaba en sulky, siempre acompañado por un chico, para que le vaya abriendo las tranqueras”. Grata coincidencia.
“Vestían los “gauchos sureros” de mi infancia (refiere Nicanor Magnanini, de Juárez y allá por 1880/82) amplio “chiripa” o chamal para lo cual se valían de un poncho al que le cosían la boca”. // No vi jamás chiripás de paño ornado con bordados de colores llamativos. Bajo el chiripá algunos hombres ya muy viejos (…) usaban ancho calzón blanco que caía y sobrepasaba la bota de potro; pero fueron los menos”. 
Ilustramos ahora con unos versos que Martín Castro tituló “El Chiripa” 
(Los versos se pueden leer en el blog "Poesía Gauchesca y Nativista")

miércoles, 31 de enero de 2018

LUIS DOMINGO BERHO (Charla 1)


AM 1520 Radio Chascomús – Audición “CAMPO AFUERA”
Micro Nº 29 – 31/01/2018

Antes de salir “campo afuera” pa’ poder tender la vista mirando lejos, dende’l banco chueco en el que estoy sentao, vamos a ver si le arrimamos unas “astillas” al “Fogón de los Poetas”.

Hemos de abocarnos ahora, a un poetas que resultó de los más importantes de la segunda mitad del Siglo 20, fundamentalmente en las décadas del 70 y 80, y pongo ese límite porque falleció al despuntar los ’90.
Su nombre: Don Luis Domingo Berho. Vino a la vida el 4 de agosto de 1925, y según reza un Decreto de la Municipalidad de Lobería, que lo homenajea: “Nació en San Manuel, partido de Lobería, y se crió en el Cerro la Guitarra…”.
Fueron sus padres María Rochford y Juan Berho (de origen vasco, este), tocándole ser el menor de doce hermanos. Poco o nada conoció a su padre que murió tempranamente.
Ante el fallecimiento de su padre, las riendas en la vida de la chacra familiar las tomó su hermano mayor, y en un momento dado cuando manifestó sus deseos de estudiar (sabemos que por lo menos curso hasta el 4to. Grado en la Escuela N° 6 de Lobería), aquel planteó que lo que allí hacía falta era trabajar. Así las cosas, a eso de los 14 años, un día que la familia se acercó al pueblo en busca de provisiones, vaya a saber con qué excusa “quedó solo en las casas”, y al regresar aquella una vez con concluida la razón del viaje, se encontró con la novedad que Luis Domingo… “había cuadrao el mono”… y ya no estaba en la chacra.
Y nunca más en la vida volvería a ese sitio.
Hicimos la cita en la “jerga crotil”, porque por algunos años abrazó la vida de los “linyes”, y fue “croto” de los que viajaban gratis en tren. Entonces era fácil encontrar el pique o la changa en los trabajos de cosecha, dando para estar todo el año con algún cobre en “el bolsico”, ya sea con la cosecha fina, o bien con la gruesa, y esa vida le daba suficiente libertad y la posibilidad de elegir al ocasional patrón.
En este rumbo, supo acercarse y prestarle oído a los “crotos socialistas y anarquistas”, quienes le enseñaron la importancia de la lectura y lo orientaron en la misma.
Parece que tras aquella huida apurada buscando poner distancia con las decisiones y el rigor de su hermano, se estableció por San Miguel del Monte, y es muy probable que para entonces ya borroneara sus primeros versos, porque hay algunos indicios como que entre los 13 y 15 años acoyaró sus primeras rimas.
En una muy interesante nota que le hiciera el periodista Rubén Benitez y que “La Nueva Provincia” de Bahía Blanca diera a luz el 18/11/1990, no sabemos por qué, da una referencia distinta en cuanto a la que recuerda la familia sobre el alejamiento. Dice: “A los 17 años me fui de mi casa y anduve por ahí de linyera. Entonces le llamaban crotos. Y me encontré con uno que puso en mis manos un libro que aún yo no podía comprender: ”.
Esta pintura inicial de su rica vida, la cerramos ahora con la lectura de su poesía: “Mañanita sureña" (cuyos versos se pueden leer en el blog "Antología del verso campero"

martes, 30 de enero de 2018

PRILIDIANO PUEYRREDÓN... PARA QUE MÁS!

Autorretrato

Si a veces encaramos asuntos de pintores no es que seamos expertos del tema, sino, simplemente porque nos interesa. Para los que andamos en el tradicionalismo con ganas de aprender, la pintura costumbrista conforma un capítulo más que importante, por lo que frecuentemente nos remitimos a ella. Pero también es bueno reconocer, que no es mucha la gente de la “gauchería” que recurre a dicho tema.
En los pintores que desarrollaron su tarea creativa durante el Siglo 19 recabamos frecuentemente aspectos que tiene que ver con indumentarias, caballos, ensilladas, viviendas y todo aquello que nos ayude a conocer el pasado con más precisión. Hasta la aparición y difusión de la fotografía, es la pintura la que puede brindarnos esa información, la que debemos complementar con las descripciones literarias generalmente encaradas por “los viajeros” que dejaron relatos.
Entre aquellos “fundadores” de la pintura argentina, es paso obligado revisar lo creado por Prilidiano Pueyrredón, artista que se detuvo en los detalles para recrear obras que hablan del costumbrismo pampeano.
Como ocurría en Europa, donde los servicios de los pintores se solicitaban a efectos de retratar a monarcas, miembros de las cortes y la nobleza, en estas “tierras nuevas” también los pintores eran solicitados como retratistas, y estaban aquellos que daban vía a libre a sus aspiraciones artísticas, en sus momentos sin compromisos, y entre estos estuvo Prilidiano quien se dedicó a reflejar el paisaje pampeano y las escenas costumbristas.
Daría la impresión que su “pampa” es la próxima a “la aldea” de Buenos Aires; no podemos olvidar que el campo feraz estaba allí nomás, al alcance de la mano. Digo esto porque en sus cuadros el ombú es número puesto, y éste -más allá de aquello que “la pampa tiene el ombú”-, no existía cuando uno se adentraba en los “campos de pa’juera”.
Sus obras costumbristas son complejas, muchos elementos las integran, los hay estáticos como también personajes en acción; sus horizontes son bajos y sus cielos profundos, generalmente límpidos, como que entonces eran así o bien los idealizó el artista. Y en ese medio, en ese paisaje tan nuestro, las escenas costumbristas suenan creíbles, a tal punto que no podemos decir “son mudos testimonios que hablan”, sino que son testimonios vivos que ¡realmente! hablan. Y que los curiosos de hoy solemos consultar para, mano a mano, tener certezas de lo que por otro lado, nos llegó como tradición, por la oralidad.
En el corral
Si bien fue un gran retratista formado a la europea, puede que su “debilidad” estaba en el paisaje, y como en el paisaje de su tiempo el campo se orlaba de gauchos, le resultó lo más natural insertarlos en “sus paisajes”, gestando escenas costumbristas de alto valor histórico.
Sin embargo, Pagano, que debe ser sin duda quien supo ponerlo en valor, expresa que Pueyrredón “es quien es por sus retratos” por “ser un definidor de psicologías individuales”. Si bien se ignora dónde y con quien pudo haber estudiado, ya que estamos con su más aplicado comentarista, su sagaz observación le hace presumir que su formación fue francesa, más precisamente “parisina”.
Pintó a la acuarela, al oleo y la aguada, sobre papel, lienzo y tabla. Nada le fue ajeno y a todo supo sacarle buen provecho.
Desgraciadamente en su tiempo no fue justamente reconocido y el valor de sus obras era escaso: no era un pintor cotizado, pero si requerido por toda la sociedad.
Por suerte el Museo Nacional de Bellas Artes se engalana con un cúmulo de sus obras. Unos tres lustros atrás, algunos coleccionistas privados se desprendieron de sus originales, y así fue que en Casa Naón dos de sus obras marcaron verdaderos records establecidos en la moneda estadounidense: “Los Capataces” U$S 515.660 y “Apartando en el Corral” (obra de 62 x 81) U$S 551.532, en ese momento record nacional de pintura argentina.
De su obra que es muy profusa, podemos citar los óleos “Un Alto en el Campo” (75.5 x 166.5); “El Rodeo” (76 x 166); “Un Alto en la Pulpería” (pequeño óleo de 25 x 34 sobre tabla); “El Baño” (sobre tela 101 x 126) -famosa obra por lo controvertido del tema, en su época-; las acuarelas “Un Domingo en los Alrededores de San Isidro” (una variación más limitada, de “Un Alto en el Campo”); “La Montonera”; “Paisaje de la Costa de San Isidro”; “Paisaje de Brasil”.
Del retrato, el aspecto que más lo destacó en su tiempo, imposible no resaltar el magnífico de Manuelita Rosas, óleo sobre tela de importantes medidas: 199 x 166, pintado en 1851; tres años antes había realizado el de su padre, lo que nos demuestra que a muy temprana edad para esta materia, 25 años, se afirmaba con soltura en un campo arto difícil. Según afirmación de Pagano, la obra sobre su padre fue “vivida y sentida con el espíritu puesto en máxima tensión”, y dicho cuadro ocupaba “un sitio de honor” en su taller, lugar habitual de reuniones y tertulias.
Capataz y peón de campo
Otros retratos notables: Coronel Álvaro Barros, Sra. Julia Sagasta de Quirno, Trinidad Saravia de Huergo, José Gerónimo de Iraola, entre muchos más.
Prilidiano integró aquellas familias que tienen que ver con los fundadores de la Patria, y así decimos porque nació en el hogar formado por María Calixta Tellechea Caviedes y don Juan Martín de Pueyrredón, el mismo que fuera Director Supremo de las Provincias Unidas; nació entonces en Buenos Aires el 24/01/1823, siendo bautizado el 7/02 en la Basílica de Ntra. Sra. de la Merced por el Padre Domingo Caviedes, recibiendo con el padrinazgo Manuel Martín García y Damiana Concepción Caviedes, el de Prilidiano -tal como mandaba el santoral de la fecha- como único nombre.
Viene a cuento referir su nombre, porque supo firmar sus cuadros como “P.P.”, iniciales de su nombre y apellido, pero otras veces utilizó “P.P.P”, trilogía que dio lugar a supuestos “Pedro” o “Pablo” inexistentes en su partida bautismal, y que solo habría respondido a una personal broma. Por otro lado son varios los personajes del Siglo 19 con una inicial adosada a su nombre cuyo real significado se ignora: José “S” Álvarez, Leandro “N” Alem, Pedro “B” Palacios…
Parte de su infancia y toda su adolescencia tuvo un desarrollo itinerante: Brasil, Francia, España, hasta que en 1854, después de algunas estadas temporarias en Buenos Aires, se radica definitivamente en su país.
Cuando la familia está radicada en Francia, cursa allí estudios en la Escuela Politécnica de París que otros denominan Escuela Central de París, donde se gradúa como ingeniero.
Realizó trabajos propios de su profesión, entre los cuales -por curioso hoy- podemos citar el proyecto de la entonces llamada “Quinta Azcuénaga”, la que es desde 1918, la Quinta de Olivos, residencia presidencial.
Joven aún, como que solo tenía 47 años, un 3/11/1870 se apagó el existir del soberbio artista que fue Prilidiano Pueyrredón, de quién ese estudioso del arte que es Gutiérrez Zaldivar, ha sentenciado que fue “…la personalidad más relevante del arte de los argentinos durante el Siglo 19”.
Recorriendo la estancia
Por suerte gran parte de su vasta obra se encuentra en el Museo Nacional de Bellas Artes, con lo que podemos decir que se conserva a buen recaudo ese valioso patrimonio artístico  e histórico por su significado, sobre todo en los paisajes con escenas rurales, que para el estudioso y crítico Roberto Amigo señala: “cuyo fin ha sido advertir que la nación moderna posee en el mundo rural el reservorio de una imaginada identidad argentina”.
En su homenaje, el día 3/11 se ha establecido el “Día del Artista Argentino”.
La Plata, 4 de septiembre de 2016

 Bibliografía Básica

Pagano, José León – Prilidiano Pueyrredón (Academia Nacional de Bellas Artes, 1945)
Payró, Julio E. – Pintores de la Argentina 1810-1900 (EUDEBA 1962)
Diario La Nación – Récord Nacional para una pintura argentina en Naón (2/07/1999)
Diario La Nación – Remates – Arte – J.C. Naón & Cía S.A. (11/07/1999)
La Nación Revista – El Baño, por Rosa Ma. Ravera (27/07/2003)
Revista El Federal – Cazador de imágenes, por Ariel Cukierkorn (25/10/2007)
Museo Nacional de Bellas Artes Colección – Arte Siglo XIX. Parte 2 (Clarín, 2010)
Gutiérrez Zaldivar, Ignacio – Prilidiano Pueyrredón (revista, sin datos)
www.genealogiafamiliar.net

(Publicado en la pagina WEB de "El Tradicional" en 11/2016)

domingo, 28 de enero de 2018

POSTILLÓN DE GALERA


LR 11 – Radio Universidad – “CANTO EN AZUL Y BLANCO”
Micro Nº 57 – 28/01/2018
Con su licencia, paisano! Acomodado en la cocina grande, junto a la ventana para tener mejor luz, mientras gustamos un mate, vamos a ver si compartimos “Decires de la campaña”.

Diez/once programas atrás, nos referíamos a “la galera”, y en el transcurso del relato mencionamos a “los postillones”, y hoy habremos de dedicarles el espacio a ellos. Pero antes aprovechamos para una aclaración. Para la designación de los carruajes usados para el transporte de personas se suelen usar indistintamente las voces “galera”, “diligencia” y “mensajerías”, y al respecto hemos encontrado una explicación de Don Justo P. Sáenz (h), que dice: “los coches de postas, recibieron el nombre diligencia en Uruguay, galera en la provincia de Buenos Aires, y mensajerías en el resto del país”.
Yendo a lo que hoy nos ocupa, la palabra la recibimos de España, donde los postillones eran los mozos de posta que colaboraban con los carruajes y con el traslado de la correspondencia, y aunque allí hasta tenían uniforme para cumplir con sus funciones, poco o por mejor decir, nada de esos atavíos quedó por acá. Allí se lo define como: “El que va a caballo montado en una caballería de las delanteras del tiro del carruaje”. Y en realidad casi lo mismo siguió siendo entres nosotros, aunque en un medió más rústico.
No sabemos por qué, pero ninguno de los diccionarios existentes sobre voces criollas, analiza o define el uso de la palabra, pero igual, estamos en condiciones de aportar algo.
En la atada de los citados vehículos de transporte de pasajeros, iba, puede decirse que un mínimo de dos postillones, llegando el caso dado lo difícil del camino, de poder ser cuatro. Tenemos presentes dos fotos, una hacia 1870 en descampados de lo que es hoy provincia de La Pampa,  y otra muy difundida de “la Galera de Dávila”, donde se ve nítidamente -en ambos casos- tres postillones con sus arreadores en alto.
Tito Saubidet al hablar de la “galera” dice que “La dirigía el mayoral y dos o más postillones que conducían las cuartas delanteras.”
Cuando el viaje venía tranquilo, nos cuenta Horacio Lencina en una reseña que escribió para La Capital de Rosario en 5/1955, “Un cielito de amor se turnaba en las voces de los postillones”, pero cuando las inclemencias del tiempo o lo difícil de la huella lo exigían, ese canto se trocaba en rotundas voces azuzando a los animales de los tiros, acompañado esto por el chasquear de los látigos procurando no aflojar el ritmo de la marcha.
Althaparro, uno de esos serios autores a los que siempre recurrimos, al respecto nos cuenta que dada la señal de arrancar el viaje “El conductor con el látigo y los postillones con sus arreadores, peinaban los caballos manteniéndolos listos (…) El agudo toque de clarín a modo de despedida, los gritos de los postillones, el sonar de sus arreadores… se iban perdiendo hasta dejar de oírse, recobrando la posta su calma habitual.”
Don Nicanor Magnanini, que allá por las décadas de 1880 y 1890 viajó habitualmente en dichos transportes por sus pagos de Juárez, describe a estos hombres y su tarea llamándolos “cuarteadores”, y relata que “Adelante, tirando con cincha iban dos ‘cuartiadores’, uno delante del otro, llevando ambos un caballo a la par que también cinchaba, manejado por una especie de rienda corta. / ¡Nada los arredraba!  Jamás los detenían las inclemencias del tiempo… / Conversando con ellos les he preguntado acerca del peligro de una rodada: -Yo ya he rodado en unas cuantas ocasiones; pero he andao bien, señor… Voy siempre atento mirando las orejas del mancarrón, cosa que’n cuanto trompiece, si echa pa’tras las orejas, abro las piernas y salgo parao echándome a un lao pa’ que no me agarren loj mancarrones… eso sí sería fiero…”.
Cuando en el 2007, ya restaurada “la Galera de Dávila” (cuyo nombre correcto era “Mensajería la Central”), fue atada para hacer un viaje evocativo de los hechos 70 años atrás, al llegar a la Plaza de Lavalle, se le acercó para el saludo un paisano de 94 años, llamado Heriberto Rooney, que en su mocedad había sido “cuarteador” o sea “postillón” de esa galera. Esto que lo cuenta Horacio Ortiz en Rincón Gaucho de La Nación, me trae al recuerdo, que hace bastante, mi suegro Leoncio Pino, nacido en Dolores allá por el 18, supo contarme que de muchachito chico había sido postillón de dicha galera.
Al respecto se cuenta que cuando Serafín Dávila compró la “Mensajería la Central”, incluía la operación al postillón  apodado “Ánima Negra”, que no era otro que el Pedro Lucero, al que el poeta Ismael Dozo le dedicara el poema que ya pasamos a leer: (Se encuentra en el blog "Poesía Gauchesca y Nativista"