domingo, 20 de mayo de 2018

TAMBO


LR 11 – Radio Universidad – “CANTO EN AZUL Y BLANCO”
Micro Nº 73 – 20/05/2018
Con su licencia, paisano! Acomodado en la cocina grande, junto a la ventana para tener mejor luz, mientras gustamos un mate, vamos a ver si compartimos “Decires de la campaña”.

Por lo dicho, nos vamos a referir a una actividad que tiene una amplia difusión en la campaña bonaerense y por supuesto en nuestras vecindades.
Parecería ser que la voz tambo es la castellanización de la expresión quechua “tanpu”, con la que en el Imperio Incaico se denominaba a ciertas construcciones levantadas cada 4, 5 o 6 leguas a la vera del Camino del Inca, en las que hacían alto los chasquis y los funcionarios que inspeccionaban el Imperio; más allá del cobijo, dicha edificaciones estaban provistas de todo tipo de alimentos para los viajeros y para varios días. Quizás, quizás… la circunstancia de que el lugar de ordeñe de las vacas daba alimentos para muchos, hizo que se lo campara con aquellos albergues incaicos, y se los designara entonces, “tambo”.
Ya en la época de la colonia y primeros años de la independencia, en los alrededores y suburbios de la “Gran Aldea” (como se llamaba a Buenos Aires), existían los tambos que abastecían a la ciudad en crecimiento, e inclusive, había quienes caminaban con un lote de vacas mansas, y cumplían el pedido de la vecina que solicitaba el sabroso alimento, procediendo a ordeñar en el instante, brindando el producto al pie de la vaca. Otros cargaban un par de tarros como árganas en el recado, introduciéndose al pueblo y vendiendo desde el lomo de su montado, los litros que se le requerían.
Todos aquellos tamberos, eran tipos criollos, y así continuó hasta aproximadamente 1875 -según lo apuntado por Horacio Giberti en su “Historia de la Ganadería Argentina”-, cuando la inmigración vasca fue dedicándose cada vez más a esa tarea, al punto que no mucho después ya no había criollos ejerciendo la tarea del tambo, y esto no es invento nuestro pues está referido en la Revista Anales de la Sociedad Rural Argentina del año 1884.
Antes, en las proximidades de Buenos Aires o pueblos más o menos vecinos, existían tambos de emprendedores británicos cuya producción lechera se volcaba íntegramente a la producción de manteca, cuya elaboración tenía muy buena reputación.
En el último cuarto del Siglo 19, las estancias solo tenían alguna vaca que se ordeñaba para las necesidades de la casa principal, y lo mismo pasaba en aquellos puestos en que sus ocupantes deseaban contar con ese complemento alimentario. De esta circunstancia surgió la apreciación que los terneros de las vacas lecheras se criaban más mansos y lograban un mayor engorde que los criados a campo en los rodeos, que eran más cimarrones y de menor carnadura.
Como consecuencia, algunos puestos se transformaron en tambos y aparecieron las cremerías que elaboraban el producido diario.
En 1898, el Ing. Francisco Seguí -a la sazón diputado- informaba que en Cañuelas, en la Estancia “San Martín”, entre las 4000 vacas que se ordeñaban había mayoría de Shorthorn, las que rendían un promedio de 6 a 8 litros por animal.
El emprendedor vasco Ramón Santamarina en una de sus estancias de Tandil, tenía 3000 animales repartidos en 24 tambos, esto hacia 1902; con esa producción se elaboraba crema, la que luego se remitía a la fábrica “La Tandilera”, en la que también se centralizaba el producido de otros doce productores, dando esto una idea de cómo ya a principios del pasado siglo, el tambo se iba transformado en el primer paso de una industria que modificaría el mapa de la explotación ganadera en nuestra campaña.
Por entonces, las grandes distancias y las difíciles comunicaciones, hacían que la leche no se distribuyese para el consumo como tal, sino que toda la producción se volcaba a la elaboración de mantecas y cremas
Aquellos tambos de antaño se llevaban a cabo en grandes corrales con el cielo por techo, donde, en un corral más chico -muchas veces denominado “chiquero”-, pasaban la noche los terneros, que, alta aún la luna, al iniciarse la faena -que era encarada por varios ordeñadores con el banco de una pata atado a las cintura-, iban siendo soltados de a uno por el “apoyador”, que al oír el grito de “¡vaca!” dejaba salir un ternero el que rápidamente ubicaba a su madre, y tras unos furiosos chupeteos a la ubre repleta, era sujetado por dicho peón a la mano opuesta de la vaca, en que el ordeñador iniciaba su trabajo. Reinaba allí y por lago rato el rítmico sonar de los chorros, y el exigente grito de “¡vaca!”.
El crecimiento de dicha industria hizo que el primer paso fuera construir los corrales bajo tinglados, luego a éstos se les hizo piso cuestión de poder valdearlos, llegándose finalmente a los “tambos mecánicos” con un motón de comodidades para animales y tamberos, y una destacable higiene.
Sirva lo aquí resumido, como un homenaje a mi abuelo Desiderio Espinel, que tuvo tambo de corral a cielo abierto, hasta el año 1974.
Le ponemos a esta página un broche de oro, con la lectura los versos del poeta de Cañuelas, Néstor Enzo Mori, titulados “La Familia del Tambo”. (Se puede leer en el blog "Antología del Verso Campero")

miércoles, 16 de mayo de 2018

LBERTARIO BLENGIO (Charla 2)


AM 1520 Radio Chascomús – Audición “CAMPO AFUERA”
Micro Nº 43 – 16/05/2018
Antes de salir “campo afuera” pa’ poder tender la vista mirando lejos, dende’l banco chueco en el que estoy sentao, vamos a ver si le arrimamos unas “astillas” al “Fogón de los Poetas”.

Sus libros, muy modestos en su confección -más vale “folletos”-, suman con seguridad 16, pudiendo haber alguno más que desconocemos. El primero apareció en 1969 bajo el título de “Aclaración”, al que le siguieron: “Entropillando”, “Florestal Silvestre”, “Acarreando”, “Paisajes”, “Bellezas Argentinas”, “Resereando”, “Amargueando”, “Entropillando II”, “Desde el Pescante”, “El Gaucho Pollo Mojau”, “Vieja Huella”, “Llorona y Clavijeros”, “De Frontera a Frontera”, “4 Puntos Cardinales” y “Siguiendo el Rastro”, éste, el último que le tenemos identificado, es de 11/1990.
Podemos decir que redondea unos 500 versos publicados, claro que a veces peca con versos de circunstancia, si así llamamos a esos que dedica a personas que ha conocido en sus viajes, a alguna escuelita rural, a un jinete, a un organizador de fiesta…, pues por lo general (sea Blengio o cualquier otro poeta), esas composiciones por lo general solo interesan a quien está dedicado y su círculo de conocidos.
Con Cacho Reynoso supieron grabar un cassette que llamaron “Recuerdos de un Resero”; también registraron temas suyos: Héctor del Valle, Jorge Soccodatto, Atilio Payeta, Carlos Tala, Manuel Ocaña, Liliana Salvat y Fabián Reyes, e/o
Publicó en las revistas: “A Lonja y Guitarra”, de Rolán Ponce, de Cañuelas, entre los años 1967 y 1984; “Destreza Criolla” y “Jinetes y Potros”, ambas de Entre Ríos en 1985 y 86; “Domador”, de Atilio Croti, de Necochea, entre 1983/89; en la que publicaba Soccodatto; en la de Carlos Gómez en Sta. Rosa, La Pampa; en la de Atilio Payeta, en Mar del Plata, e inclusive versos suyo salieron en nuestra recordada “Pa’l Gauchaje”.
Digamos para ir cerrando, que a los 30 años, el 27/11/1948, se casó con Rosa Arriegui, alumbrando dos retoños: Estela Rosa y María Angélica quien falleció joven.
Don Libertario, el poeta de pelo y barba blanca, el andariego que recorrió los cuatro puntos cardinales del país de la mano de sus versos -sencillos pero honestos, rústicos pero creíbles-, en los que le cantó a todo lo que uno se pueda imaginar vinculado a la vida rural, falleció el 5/10/1995, por eso que su figura bonachona hace ya 22 años que no anda alimentado fogones ni floreando al amado pabellón nacional como tantas veces lo hiciera durante sus incansables andanzas.
Mostramos ahora su estro con las décimas de "Corra'e Vasco" (Se puede leer en el blog "Antología del Verso Campero

domingo, 13 de mayo de 2018

DÉCIMA


LR 11 – Radio Universidad – “CANTO EN AZUL Y BLANCO”
Micro Nº 72 – 13/05/2018
Con su licencia, paisano! Acomodado en la cocina grande, junto a la ventana para tener mejor luz, mientras gustamos un mate, vamos a ver si compartimos “Decires de la campaña”.
Cuando el conquistador desembarcó en tierras de América y comenzó a posesionarse del vasto territorio, su dominio fue aplastante: “a sable y mosquetón, o a crucifijo” no respetó cultura preexistente e impuso lo que traía y conocía. Y si bien es mucho y valioso lo que se llevó, al fin de cuenta, pasado el tiempo…, podemos recapacitar que nos dejó la lengua, la guitarra, el caballo, algo de su equitación y mucho de la poesía.
Si bien los períodos histórico/culturales no tienen fechas puntuales de inicio y fin, puede decirse a grandes razgos, que el Siglo de Oro Español se inicia cuando el descubrimiento de América, se extiende por todo el S. 16 y la primera mitad del 17, o sea hasta 1650, por poner una fecha algo caprichosa. Durante el mismo florecen y se difunden las artes: la pintura, la música, la escultura, el canto coral, la novela, la poesía…, dentro de ésta queda definida la “décima”, la que si bien ya existía, adquiere la estructura con que hoy la conocemos y cultivamos, y los méritos de ese logro se los lleva el sacerdote Fray Vicente Espinel, el poeta de Ronda, llamado en realidad Vicente Gómez Martínez Espinel, quién además, músico y cantor, le agregó la 6ta. cuerda a la guitarra.
Entre los cantos que aquellos conquistadores trajeron como parte de su cultura, para su entretenimiento y distracción, estaban las poesías escritas en estrofas en décimas, y éstas, sin darse cuenta, sacaron carta de ciudadanía americana. Y a pesar de ser la décima (junto al soneto) la forma más compleja de construir poesía por responder estrictamente a métrica y a rimas consonantes, prendió en el pueblo anónimo y analfabeto, no siendo esto último impedimento para expresarse por décimas, con la particularidad que andando los años, alejándose de los decires españoles, comenzaron los “poetas” nativos a cantarles a las cosas y sucesos vinculados a su diario vivir, adquiriendo -el contenido- de ese modo, una particularidad y personalidad propia que la diferencia de las décimas generadas por el resto de los pueblos de América.
Durante el siglo 19, el siglo propio del gaucho, las “décimas” se cantaron por estilo y por cifra, y hacia el fin del mismo empieza la milonga a tener presencia y ganar terreno, al punto de haber llegado al presente como el canto más difundido, mientras que desapareció “el cielito” que era la melodía mas cantada en la centuria del 1800 y que no era en “décima”.
Tan difundida estaba ésta, que llegó a llamarse directamente “décima” a una composición, lo que sería como decirle a un cantor: “Cántese una décima, don…”, cuando en realidad el cantor desarrollaba un tema que podía tener 3, 4 o 10 décimas.
Durante el Siglo 20 podría decirse que el 80% de la poesía criolla se desarrolló en décimas, como así también se volvió la estrofa preferida de los payadores para la creación de su poesía oral.
Don Roberto Coppari le dedicó los versos que ahora ponemos a consideración: "A la Décima y su Autor". (Se los puede leer en el blog "Poesía Gauchesca y Nativista")

miércoles, 9 de mayo de 2018

LIBERTARIO BLENGIO (Charla 1)


AM 1520 Radio Chascomús – Audición “CAMPO AFUERA”
Micro Nº 42 – 09/05/2018
Antes de salir “campo afuera” pa’ poder tender la vista mirando lejos, dende’l banco chueco en el que estoy sentao, vamos a ver si le arrimamos unas “astillas” al “Fogón de los Poetas”.

Treinta años atrás, ¿quién que frecuentara las jineteadas no conocía al “Fogonero” Blengio? Puede que hoy la gente joven no sepa de él, pero realmente fue un auténtico trabajador del tradicionalismo y para el tradicionalismo, y si bien la animación de fiestas y la venta de sus libritos eran su medio de vida, no era un mercachifle ni un negociante.
Este año 2018, ha sido el del Centenario de su nacimiento, y por eso es que lo queremos evocar desde este fogón, ya que el 10 de marzo de 1918, nacía en Baigorrita, partido de Gral. Viamonte, quien sería el poeta Libertario Blengio, siendo su nombre real Líbero Carlos. Fueron sus padres Catalina Cerutti y Carlos Blengio, siendo éste, carrero de oficio y poeta aficionado.
De allí, de Baigorrita, por cuestiones de trabajo, la familia se trasladó a la zona de El Dorado, en Leandro N. Alem, hasta que a los 25 años Libertario se radicó en José C. Paz, calle Lisandro de la Torre 788, domicilio en el que vivió hasta el final de sus días.
Tuvo muy poca escuela, solo el 1º grado en su pueblo natal, época de la que siempre recordaba con sumo cariño a su maestra: Felipa Arce.
La vida lo obligó a desempeñarse en todas las tareas rurales, siendo las que más lo marcaron la de carrero y tambero, sin olvidar que a veces supo domar para su propia silla, y otras por encargo de alguien de la vecindad.
Fue por los 10 años cuando compuso sus primeras rimas: había quedado al cuidado de una chata que se rompió en el camino, y en la larga espera, mientras aguardaba volvieran a repararla,  compuso cuatro cuartetas.
En la década del 60, cuando ya estaba cerca de los 50 años, asistió un día a la audición “Amanecer Argentino” atraído por lo que allí sucedía con cantores y payadores, y todo lo que se hablaba de las fiestas criollas, y ya nunca más pudo apartarse de la huella: fue como que el destino allí lo estaba esperando.
Abandonó  todas sus actividades abocándose a escribir y llevar esos versos a modestos folletos, con los que empezó a acercarse a todos los fogones de que tenía noticia, y es de allí que le sobreviene su apodo: “El Fogonero”.
Vender sus pequeñas publicaciones, animar desfiles, reuniones de canto y jineteadas, se trasformará en su modo de vida, siempre a lo largo y ancho del país, porque no debe haber existido fiesta criolla, aunque sea en el rincón más apartado, a la que no haya asistido.
Su cara enmarcada por una tupida barba blanca y su mirada bonachona, aparejada a su campechana forma de ser, lo volvían un ser simpático y querible, que no tenía problema en acomodarse en el rincón más apartado, eso sí: hasta que se izaba la bandera, porque entonces le brotaba de muy adentro el verso con que gauchamente floreaba al pabellón nacional.
Lo mostramos con las cuatro décimas de “Son Pelos Firmes los Trece”: (El verso se puede leer en el blog "Antología del Verso Campero")

DON PEDRO INCHAUSPE - ¡Un Nombre Que No Hay Que Olvidar!

Don Pedro Inchauspe, según retrato de Ramón Subirats

En el número anterior al hablar de “El Lunar”, traíamos a la conversación el nombre de Pedro Inchauspe, y nos parece ahora momento oportuno, para dar algunas referencias sobre dicho autor.
En estas circunstancias de andar desde hace muchos años ya, entreverado a poetas y escritores que han cultivado el género gauchesco, más de una vez algún recién llegado al ambiente del tradicionalismo, con la sana intención de aprender sobre el gaucho y su cultura, me ha preguntado “-Qué libro tengo que leer…?”, como si hubiese uno que en 200 o 400 páginas compendie todo el conocimiento. Allí mi respuesta ha sido: “-¿Un libro…? ¡No! Toda la biblioteca tenés que leer”, incluso agregamos ahora, aquellos autores de opiniones encontradas, para tener un panorama más amplio, y así poder de ese bagaje, sacar propias conclusiones respecto al tema en cuestión, o sea: el gaucho.
Pero sí podemos indicar que un autor para comenzar el aprendizaje y que por supuesto no puede faltar, es Pedro Inchauspe, y como hay muy poca información sobre el mismo, aprovechamos la posibilidad de estas páginas para rumiar algunas referencias.
Si bien nació en Córdoba, más puntualmente en la localidad de Laboulaye, el 5/06/1896 por lo que próximamente cumpliría 120 años, solo vivió allí no más de siete cuando, por 1904, a cargo de su hermana Elvira, recién casada con Gregorio Moreira Gómez, se radicaron en la Ciudad de Buenos Aires. Su cuñado -maestro, concertista de violín y aficionado a las letras-, pudo haber sido su primer referente en las cuestiones culturales, como que fue en su biblioteca, donde abrevó desordenadamente, en todo tipo de lecturas.
Yendo a su familia podemos decir que es el penúltimo hermano de un total de doce, que concibió el matrimonio de Dominga Lamothe y Juan Inchauspe -ambos vascos franceses-, quienes después de intentar establecerse en distintas localidades de Uruguay y Argentina, se radicaron definitivamente, ya en la década final del Siglo 19, en la cordobesa Laboulaye.

Ha contado su amigo y colega Germán Berdiales (aparcero de sueños docentes y argentinistas), que al momento de asentar su nacimiento, fue inscripto como Pedro Antonio, nombre este segundo que nunca usó en su actividad literaria, aunque sí en la vida familiar, donde cariñosamente de le llamaba “Antuco”.
Tras una iniciación frustrada en la escuela secundaria, en 1915, ya con 18 años, se inscribe en la Escuela Normal de Profesores N° 2 de Capital Federal, de donde egresará en 1919, y a ahora, tras un breve paso por el periodismo, inicia la carrera docente como director de escuela en una colonia de indios araucanos en Chubut. Eran tiempos en que el director era portero, maestro, cocinero y consejero también.
Luego y por casi diez años ejerce el magisterio en escuelas del Territorio Nacional de La Pampa.
Estas dos experiencias en esencia rurales, lo enriquecerán en el conocimiento de costumbres y tradiciones.
A partir de 1928 y hasta 1951, año en que se jubila como director, toda su carrera se desarrollará en escuelas de Capital Federal.
En las letras de sabor terruñero se inició en años adolescentes y no mucho tiempo después conoce las mieles del reconocimiento cuando su cuento “Bajo el Sol de la Pampa” es galardonado en un certamen organizado por un medio gráfico.
Repetirá la buena experiencia cuando en 1927, “El Diario Español” le premia en su certamen literario, la novela corta “Contramarca”. Y en 1935, otro concurso que lo premia, lo acercará al conocimiento popular: el diario “La Prensa” organiza un certamen literario de cuento infantil que gana con el cuento “Vueltatrás”, a raíz del cual, en 1938, publicará su primer libro: “Vueltatrás y otros cuentos”.
Dicho premio hace que el director del diario personalmente se encargue de sumarlo al elenco de su medio, vinculándolo al suplemento dominical, donde prácticamente aparecerá toda su obra que después se transformará en libros, los que fueron doce, a saber, y con posterioridad al ya citado: “Allá en el Sur – cuentos de la Patagonia y la Pampa” (1939); “Elementos Tradicionales de la Región Central para Nuestro Teatro” (conferencia, 1940); “Pequeña Biografía de Dalmacio Velez Sarsfield”; “Voces y Costumbres del Campo Argentino” (1942); “Las Pilchas Gauchas – la vestimenta y el apero” (1947); “San Martín, el maestro” (1947); “Más Voces y Costumbres del Campo Argentino” (1953); “Diccionario del Martín Fierro” (1955); “El Gaucho y sus Costumbres” (1955); “La Tradición y el Gaucho” (1956) y “Reivindicación del Gaucho”. Inéditos: “Don Miente Mucho” (literatura infantil) e “Historia de Laboulaye”.

Se ha dicho de él: “Nadie como Inchauspe es cultor de nuestras esencias nacionales, de la tradición, y lo que es más importante aún, del gaucho. El gaucho como valor humano y como producto del medio. (…) y no por tradicional y amigo del hombre que representa Martín Fierro, era partidario del estancamiento. El aforismo pedagógico > representa para él norma de vida”.
Con recién cumplidos 61 años, falleció Don Pedro Inchauspe en la noche del miércoles 31/07/1957.
Retomando el inicio de este comentario, para los que preguntan qué libro leer para comenzar andar las “güeyas” de las tradiciones, sin ninguna duda recomiendo: “La tradición y el Gaucho”, “El Gaucho y sus Costumbres” y “Reivindicación del Gaucho”. Y en otra próxima seguiremos recomendando otros respetables autores. Eso sí!, hay que armarse de paciencia, porque estas obras no se han reeditado y solo se consiguen en las adorables “librerías de viejo”, o bien ahora, por los mercados que ofrece “la internet”.
Hasta la próxima topada.

La Plata, 27/04/2016

(Publicado en Revista "El Lunar", ejemplar N° 15, de 06/2016)

JULIO CABEZAS - DALMIRO SÁENZ, Duelo a Primera Sangre


Cuando el despuntar del pasado mes de diciembre, se cumplieron 50 años -¡medio siglo!-, de un acontecimiento vinculado a la cultura criolla, que la mayoría de la gente del tradicionalismo desconoce. Ese mes del año 1966, en el ámbito del Círculo Criollo “El Rodeo”, en tiempos en que estaba en el Palomar, el escritor Dalmiro Sáenz enfrentó en duelo a cuchillo y a primera sangre, al poeta gaucho y relator de jineteadas, Julio Secundino Cabezas, “Cunino” para los más allegados.
Esto que así narrado parece algo descabellado, tenía su razón de ser.

El 29/07/1965, Editorial Atlántida lanzó al mercado su nuevo producto: “Revista Gente y la Actualidad”, la misma que 52 años después, luce vigente en los escaparates de los kioscos del país. Como lo resalta su título abarca temas de ‘actualidad’, y del espectáculo, destacándose en sus páginas a personajes de la farándula, artistas y modelos, lugares de vacaciones locales y del mundo, y varios etcéteras. Desde los inicios su éxito era palpable. Y para el público lector su nombre si limitaba (…y así sigue siendo),  a: “Gente”.
Cuarenta años acusaba en esos días Dalmiro Sáenz, quien por entonces ya había publicado una media docena de títulos, conocido el  éxito de ventas y el halago de premios importantes. Trabajaba para la revista escribiendo notas de un tenor y tema distinto al habitual.
Sáenz se caracterizaba por ser un escritor provocador, que no dudaba en meterse con la iglesia y poblar de sexo sus escritos, algo nada común y resistido por parte de la sociedad de esos años. Pero él seguía adelante y así lo hizo hasta el final de su vida, siempre por el mismo andarivel.
Era sobrino del sabio criollista Don Justo P. Sáenz (h) -si mal no he entendido-, porque era hijo de su hermana Lucrecia casada con su primo Dalmiro Sáenz, recibiendo para sí el nombre paterno.
Cincuenta y siete años cargaba Julio Cabezas, de quién ¿qué podemos decir que los amigos lectores no sepan? Por otro lado en el “primer” Tradicional, aquel que era periódico, publicamos en el número 36 un artículo con datos  biográficos al que podemos remitir a los interesados; no obstante recordamos que era un reconocido poeta criollo, que de alguna manera profesionalizó la animación de jineteadas, e hizo popular en sus relatos la expresión “¡Voy al hombre, nomás…! Natal del Chubut, se acercó a Buenos Aires hacia 1929 con motivo de cumplir con el servicio militar, y cumplido el mismo quedó como domador en el 8 de Caballería, y años más tarde ingresó al Mercado Nacional de Haciendas, donde finalmente se jubiló.
Afamado tirador de lazo, en el año ’30 integró el equipo de jineteada que participó de un concurso internacional organizado en Montevideo, Uruguay, donde se coronaron ganadores.
Publicó varios libros de pequeño formato, de los que, muchos paisanos tomaron las letras para cantar por milonga, y varias de ellas fueron llevadas al registro discográfico en la voz de reconocidos cantores sureros.
Presentados, de alguna manera, los partícipes del duelo, volvamos a ese asunto.
Con motivo de presentar una nota “rara” y de fuerte contenido, Dalmiro se propuso vivir un duelo criollo y hacer la crónica escrita de esa, su propia experiencia: de los nervios, de la emoción y adrenalina de estar frente a un adversario que en cualquier momento te puede tener en la punta de su cuchillo, o de lo que se puede sentir si el que primero corta es uno.
No testifica como llegó a “Cunino” ni por qué lo eligió, porque en realidad no ha trascendido que éste tuviera fama de cuchillero; nunca nada al respecto se dijo de él.
Pero lo cierto es que lo visitó, dice, en su domicilio de calle Miguel Quintana, de Villa Insuperable, a pocos metros de la Gral. Paz, donde concertaron el “enfrentamiento a primera sangre”, a desarrollarse en el Círculo Criollo “El Rodeo”. Cuenta Sáenz: “…iba a la casa de un hombre llamado Julio Cabezas, un domador de prestigio, un verdadero artista del lazo, un hombre que manejaba el cuchillo con la misma naturalidad con que yo manejo la birome sobre este papel en donde estoy escribiendo. Iba a pedirle que sostuviera conmigo  un duelo criollo a primera sangre.”
Al día siguiente, a media mañana se encontraron en el lugar acordado, sumándose a los duelistas dos reporteros gráficos y un jurado, al que Dalmiro cita como “el hijo de Cabezas”, aunque el tal mozo -al que siempre presentaba como su hijo-, era un sobrino (Víctor, si mal no recuerdo), hijo de un hermano suyo del que tiempo después que naciera ese hijo nunca más se supo de él, por lo que Julio -que sí tenía una hija mujer-, lo crió como hijo propio.
Dalmiro se descalzó y arremangó un tanto el pantalón vaquero, mientras que su diestra sostenía un cuchillo con defensa en “S”, al que describió como un “facón caronero que yo hace años tuve que acortar porque se me había quebrado la punta”, pero que viendo las fotos uno duda de tal descripción.

Por su parte, Cabezas, empuñaba un facón cabo de plata, sin defensa, que a juzgar por el testimonio gráfico, bien pudo ser una daga (hoja de dos filos); vestía bombacha sujetada por la faja, sin tirador, y lucía sobre el cuello de la camisa de puños abrochados, un pañuelo tendido, coronando su testa un clásico chambergo chico, de ala requintada, mientras que un ponchito liviano de guarda pampa, a manera de escudo le cubría el brazo izquierdo.
Aproximadamente 45 minutos duró la tenida, la que como estaba acordado finalizó cuando asomó la sangre. En un recuadro y en tercera persona, se lee al final de la nota: “…Julio Cabezas es un esgrimista que pone el cerebro en la punta de su arma. Coloca cada golpe y mantiene su defensa de manera tal que pareciera que cuenta con horas para pensar cada movimiento. En realidad todo es cuestión de fracciones de segundos. Dalmiro Sáenz, por su parte, es más intuitivo y actúa mucho en base a reflejos. El duelo -silencioso e intenso como un miedo-, terminó poco después de que el cuchillo de Cabezas rozara el brazo de Sáenz y punteara su frente. Lo de “primera sangre” se había cumplido. El día seguía gris y frío. Se miraron y se dieron la mano. Palabra de hombre.”

Con una foto en color y a toda página, y ocho de distintos tamaños en blanco y negro, la edición N° 73 de Revista Gente del 15/12/1966, se engalanó con una nota distinta, corajuda y curiosa, reviviendo aquellos trágicos duelo en una pulpería, una tabeada, una cuadrera, una riña de gallos… donde “no se jugaba a primera sangre” sino que se jugaba la vida.
Los otros duelos, aquellos para lavar el honor o limpiar ofensas también existieron entre nosotros, pero nunca entre gauchos, sí entre políticos, militares y periodistas. A propósito, en 1878 fue publicado el Primer Código Argentino sobre duelos, intentando fijar normas y reglas para librar los mismos.
En el que aquí evocamos, Dalmiro Sáenz buscó revivir la demostración de coraje de los tiempos gauchos, y enfrente lo tuvo a Julio Cabezas. Claro que ya ha transcurrido medio siglo de aquella remembranza, y ninguno de los dos vive hoy para agregar detalles…
La Plata, 22 de Agosto de 2017

(Publicado en la página Web de El Tradicional, con fecha 22/08/2017)

domingo, 6 de mayo de 2018

NUTRIERO


LR 11 – Radio Universidad – “CANTO EN AZUL Y BLANCO”
Micro Nº 71 – 06/05/2018
Con su licencia, paisano! Acomodado en la cocina grande, junto a la ventana para tener mejor luz, mientras gustamos un mate, vamos a ver si compartimos “Decires de la campaña”.

La nutria, que aún sigue diciendo ¡presente! en distintos ámbitos de nuestra campaña, aunque muy disminuida con relación a épocas pasadas, supo servir para definir un oficio del que vivieron muchos paisanos, algunas veces bien recibidos y otras corridos por los dueños de campos donde éstas moraban.
La nutria o nutria criolla propia de sudamérica, es en realidad otro animal: el coipo o quiyá, y el que habita nuestra región es la especie llamada científicamente “myocastor coypus bonariensis”, es herbívora, siendo su alimentación en base a tubérculos, raíces, granos de plantas acuáticas, juncos y pajas, aunque a veces, por ahí en tiempo de cría, puede agregar algunos gusanos y otros bichitos del agua. Habita en pastizales de bañados y ambientes acuáticos de lagunas, ríos y arroyos, donde construye especies de túneles, al fin de los cuales excava la cueva en la que habita y que suele acomodar y tapizar con vegetación y que es el lugar donde la hembra tendrá sus crías, que pueden ser 4, 5 o 6  cachorritos, pudiendo parir hasta casi tres veces por año.
En nuestra campaña pampeana es natural de los amplios bañados sobre las costas del Plata, y los sistemas de arroyos y lagunas pampeanos del interior de la provincia.
A quien se abocó a su caza como un medio de vida o como una “changa” que le acerque una extra a otros magros ingresos, se lo denominó y aún se lo conoce como “nutriero”.
El poeta Don Adolfo Manuel Reynoso en 1982 le dedicó a estos personajes un libro que tituló casualmente “Romance al Nutriero”, demostrando con ello que había mucho por decir; unos 20 años antes, Don Miguel Comaleras dio a la prensa un hermoso y recomendable trabajo  titulado “Los Cañadones”, ambientado en una estancia de la zona de Lavalle, relatando historias de nutrias y nutrieros allá por 1937 a 1947, experiencia que transcurriera en la estancia que cita como “Cari Lauquen”.
Más atrás aún, por 1949, ya no en nuestra campaña sino en tierras santafecinas, el prolífico escritor Gastón Gori publicó el libro “El Camino de las Nutrias”, donde éste gran roedor y sus cazadores dan sustento a la trama de la obra.
La del “nutriero” que anda en los cañadones y pajonales, ha sido una vida muy ruda y sacrificada, ya que en el período de caza se establecía allí mismo, construyendo una precaria ranchada entre los juncales, viviendo en ese ambiente húmedo, tratando de mimetizarse con el medio, sin levantar “la perdiz” como quien dice, al punto de no prender fuego y en caso de hacerlo tratando de disimularlo lo más posible, para no delatar su presencia, tratando de evitar inconvenientes con dueños de campos y con controles de la fauna. Ocupándose después de recoger las trampas pasada ya la noche, en cuerear los bichos y en estaquear prolijamente los cueros, de la mejor manera posible para que den las mayores medidas que hará valer o tratará de imponer posteriormente, con el comprador de esos cueros, pieles que en trabajos de peletería adquirían valores muy ajenos a los que su pericia de cazador silencioso, recibía como pago por su mercadería.
Solo como una anécdota mínima puedo relatar que allá por 1958/60, se estableció en una casa vecina a “Los Ombues” de mis abuelos Espinel, un joven matrimonio conformado por un chileno con una misionera, con dos hijos pequeños. Como a aquel pedazo de campo lo atravesaba en diagonal un arroyo de buen cauce que no conocía la seca, mi abuelo lo autorizó a aquel hombre a colocar las trampas para cazar nutrias, pasando aquellas a ser casi el sustento diario por un largo tiempo, hasta que aquel consiguió un conchabo fijo. Aquella circunstancia, me permitió saborear junto a los hijos del matrimonio, la carne de nutria preparada al horno, sancochada y en escabeche, entre otras preparaciones, ya que la señora procuraba variar las recetas para no aburrir el paladar.
Ilustramos con unas décimas de del payador de Chascomús, Jorge E. Young, justamente titulado "Nutriero".
(El verso se puede leer en el blog "Antología de Versos Camperos")