miércoles, 6 de diciembre de 2017

OMAR J. MENVIELLE (Charla 3)

AM 1520 Radio Chascomús – Audición “CAMPO AFUERA”
Micro Nº 21 – 06/12/2017

Antes de salir “campo afuera” pa’ poder tender la vista mirando lejos, dende’l banco chueco en el que estoy sentao, vamos a ver si le arrimamos unas “astillas” al “Fogón de los Poetas”.

En el encuentro pasado, al leer las décimas de “Carta”, decíamos que debía responder en realidad a una carta que escribiera a algún amigo, pues bien… en esta semana, mientras trabajábamos armando ésta columna, en nuestros papeles de trabajo nos encontramos con una referencia del afamado soguero Don Luis Flores que nos hizo recurrir al libro, y allí al pie de las décimas se aclara el tema, como que dice que es la “contestación a una carta en décimas que recibiera de su amigo César González del Solar en el año 1957”.
En la primera entrega de esta saga, dijimos que algunos versos suyos aparecieron en “Revista Criolla” y  revista “Señuelo” (ésta era una creación de don Ambrosio Juan Althaparro, quien fuera dueño de la Ea. “Palenque Chico”, por Estación Parravicini, autor del acreditado libro “De Mi Pago y De Mi Tiempo”); ahora también hemos verificado que en 1954, en el N° 1 de la Revista “El Mangrullo” de Mar del Plata, apareció su verso “Tropilla de Antaño”.
En el número 3 de “Criolla” aparecen las décimas de “El Regalón de mi Tata”, curiosamente firmado por Omar J. Mendiete, y me animo a afirmar que esto no fue un error de imprenta, sino más vale, una humorada con su apellido, al que parecer ser los paisanos acriollaban en Medina o Mendieta.
Siguiendo con las publicaciones, podemos informar que en el N° 3 de “Criolla”, de 09/1943, aparece la publicidad de “Album Gaucho”, con la indicación de que contiene “El Regalón de Mi Tata” (quizás era su verso más conocido o alabado entonces), y que su precio es de $ 2, pagadero “en giro o estampillas”.
La tapa de dicho libro remeda un cuero de vaca overa, y en el centro la cabeza de una yegua madrina en actitud de estar relinchando (casualmente el que sería el nombre definitivo del libro: “Relinchos”); la yegua está embozalada, tiene una manea en la cogotera, y el anillo del cencerro tiene doble abotonadura del mismo lado; la ilustración -que corresponde al maravilloso pincel de Jorge Daniel Campos- está fechada en 1941.
Finalmente en 1962, en un formato importante, con ilustración de tapa de Eleodoro Marenco, aparece la primera edición del libro “Relinchos”, que compendia los 11 temas de “Album Gaucho”, más otras 15 composiciones nuevas; el libro llevó prólogo del maestro Justo P. Sáenz (h), y rápidamente fue premiado por el Ministerio de Educación y Justicia de la Nación, por la “Región Bonaerense y Pampeana – trienio 1960/62”. La entrega de dicha distinción se llevó a cabo en el Museo de Arte Decorativo, en Capital Federal, el día 26/09/1963.

Dos años más tarde, se concreta una segunda edición, ésta totalmente ilustrada por Eleodoro Marenco, y con un segundo prólogo de Horacio González del Solar. Y por último, en 06/2014, a instancias de sus nietos, con el sello de Editorial Letemendía aparece la tercera edición, en este caso ilustrada por el artista plástico Gustavo Solari, y con un tercer prólogo muy breve de sus nietos.
(en el blog "Antología del Verso Campero" se pueden leer las décimas de "La Forastera")

domingo, 3 de diciembre de 2017

TABAQUERA

LR 11 – Radio Universidad – “CANTO EN AZUL Y BLANCO”
Micro Nº 52 – 03/12/2017
Con su licencia, paisano! Acomodado en la cocina grande, junto a la ventana para tener mejor luz, mientras gustamos un mate, vamos a ver si compartimos “Decires de la campaña”.

Al respecto dijo Omar J. Menvielle en su “Como Indio Pa’ La Bola”: “…viá pedir pa’ una pollera / que le v’hacer el bordao, / un cogote bien sacao / p’hacerme una tabaquera”. ¿Qué podemos agregar si ya su nombre lo dice todo? Es el elemento propicio para llevar el tabaco, papel y yesquero, o sea al decir antiguo, “los avíos de fumar”, con los que el paisano hábilmente y en un santiamén armaba su cigarro.
Posiblemente “chuspa” y “guayaca” fueron denominaciones más antiguas que la de tabaquera, porque justamente al término “guayaca” lo usa Hernández en su “Martín Fierro”. Pero antes, allá por 1845, el primer “científico criollo”, don Francisco Javier Muñiz, en su esbozo de un diccionario rioplatense, registra la voz “chuspa”, a la que define: “Es la vejiga de vaca, alguna vez el buche del avestruz, bien sobados. Usan la chuspa con una jareta en la boca, o bien atada, solamente. Es el receptáculo del tabaco, papel para cigarro y avíos de encender.”
Analizando la voz “guayaca” que usa Hernández, el Prof. Domingo Bravo, estudioso del lenguaje quichua, incluye esa voz, da su definición y nos hace una oportuna aclaración: “Tabaquera, taleguilla, de cuero crudo que se emplea para llevar avíos de fumar o monedas. También se hace de paño o de vejiga y cuando es de cogote de avestruz se llama ‘chuspa’, voz quichua también”.
El vicio de fumar viene de lejos, y nuestro hombre de campo no fue ajeno a él. En tiempos pasados el tabaco se compraba en hojas, las que conformaban el “naco”, de éste, con un cuchillo bien afilado se iba picando, picadura que se guardaba en la tabaquera; y en nuestra campaña se prefería la de cogote de ñandú, ya que se cree que por el tipo de cuero, mantenía el tabaco con la humedad suficiente para que no pierda el sabor.
Estas tabaqueras de cogote de ñandú eran primorosamente bordadas por manos femeninas con motivos de vivos colores, lo que hacía de ellas piezas únicas con un valor casi artístico.
Diego Abad de Santillán apunta que en la época colonial las hubo de cuero de nutria, de conejo y de piel de iguana, y nos agrega un dato interesante: “solía adosarse a la (tabaquera) un bolsillito para el papel de fumar”.
La aparición del cigarrillo armado fue menguando el uso de la “tabaquera”, y hoy, ya fuera de uso, suelen lucir su florida apariencia en las vitrinas de algún museo que evoca usos y costumbres tradicionales.
La florida pluma de Artemio Arán dijo: “Repleta ella, no nos han de faltar luceros para nuestros insomnios, gustito para engañar al hambre y humareda para que jinetee el ensueño”.

Ilustramos con unos versos fruto de la inspiración de Cirilo Bustamante: (los versos se pueden leer en el blog "Antología del Verso Campero")

miércoles, 29 de noviembre de 2017

OMAR J. MENVIELLE (Charla 2)

AM 1520 Radio Chascomús – Audición “CAMPO AFUERA”
Micro Nº 20 – 29/11/2017

Antes de salir “campo afuera” pa’ poder tender la vista mirando lejos, dende’l banco chueco en el que estoy sentao, vamos a ver si le arrimamos unas “astillas” al “Fogón de los Poetas”.

El 8/10/1999, la sección Opinan los Lectores del diario El Día de La Plata, bajo el título de “Poeta Costumbrista Pampeano” me publicó una evocación, escrita a raíz de creer que en ese año 99 se cumplían 30 años de su fallecimiento… cosa que había ocurrido en 1996.
A raíz de la misma, ese día se comunicó conmigo, después de hurgar buscando mi teléfono, una señora nativa de Tapalqué que estaba radicada en esta ciudad. La movilizaba una actitud de agradecimiento, hacia quien “se había acordado de evocar a Omar”. Se quedó sorprendida cuando le conté que no tenía contacto alguno con su familia, a pesar de haberlo intentado un par de veces; “No puede ser -me respondió- ‘Morito’ (así llamaba al hijo del poeta) es muy cordial… deme cinco minutos que yo habló con él y lo llamo”. Renuncio a los detalles por una cuestión de brevedad, y retomo diciendo que 3 o 4 días después, a eso de las 4 de la tarde, Omar Javier Menvielle (h), “Moro”, me recibía en su casa de Buenos Aires. Esa es mi primera fuente de información fidedigna.
2 o 3 años después, leyendo una revista de temas tradicionalistas, me encuentro con un aviso que más o menos decía: “Compro ejemplar del libro Relinchos”, acotaba un teléfono y un nombre, Loly Menvielle. Me llamó la atención que alguien del mismo apellido del poeta hiciese ese pedido, y como casualmente entonces conocía dos lugares que tenían en venta el dicho libro, llamé al teléfono indicado, atendiéndome la aludida Loly, sobrina nieta del poeta. Poco tiempo después se allegaba a La Plata acompañada de su esposo, para visitarme, trayéndome información que siempre agradezco, como fotos, la conformación del tronco familiar, e inclusive la grabación de la voz del propio Menvielle. Ha sido pues, mi segunda fuente de información.
A través de ella conocí a sus primos, los hijos de “Moro”, o sea nietos del poeta, y fue por allí que hasta llegué a evacuar algunas consultas cuando decidieron volver a publicar  el libro del abuelo (3° edición), el año 2014.

Ya que estamos saliendo por la Radio Gaucha de Chascomús, contamos una anécdota que tiene que ver con la zona: no sabemos con precisión en qué año fue, pero lo cierto es que compró un lote de terreno en dicha ciudad, en la entonces calle Lastra (hoy Pte. Alfonsín) y Vías del Ferrocarril, y le encargó a un señor de apellido Burgos, la construcción de un rancho criollo -al que bautizó ‘Rancho Grande’-, en el que solía refugiarse a escribir o bien reunirse con amigos paisanos que lo acompañaban evocando viejos tiempos. Por 1996/98, Ignacio Moyano, nieto de aquel ‘constructor’ Burgos, le ofreció a Juan de Oar un lote de 10 o 12 palos de quebracho de 3mts. cada uno, y hecho el negocio le comunicó que habían pertenecido al rancho de Menvielle, el que había sido demolido. Esto me fue referido por el propio Juan.
(Se ilustró con las 8 décimas de CARTA, que se pueden leer en el blog "Antología del Verso Campero")

domingo, 26 de noviembre de 2017

OMBÚ

LR 11 – Radio Universidad – “CANTO EN AZUL Y BLANCO”
Micro Nº 51 – 26/11/2017
Con su licencia, paisano! Acomodado en la cocina grande, junto a la ventana para tener mejor luz, mientras gustamos un mate, vamos a ver si compartimos “Decires de la campaña”.

Por 1843, al ganar un certamen poético, dijo el poeta Luis Lorenzo Domínguez: “Buenos Aires –patria hermosa, / tiene su pampa grandiosa; / la pampa tiene el ombú.”. Versos más adelante, agregó: “Puesto en medio del desierto, / el ombú, como un amigo, / presta a todos el abrigo / de sus rama con amor:”.
Este verso titulado “El Ombú” y compuesto de 20 octavillas, que tuvo amplia difusión en el Siglo 19 y parte del 20, estableció como un aserto: “la pampa tiene el ombú”, pero… (siempre hay un pero), observando bien y prestando mucha atención, dicha planta no es nativa del pastizal y humedal pampeano, siendo propia de los montes de la región mesopotámica argentina, de Uruguay, sur del Brasil y Paraguay. A propósito, el naturalista Carlos Berg determinó su hábitat en la Laguna Iberá, a la que llamó “La Patria del Ombú”, dedicándole un estudio que fue, publicado en los Anales  de la Sociedad Científica Argentina.
En la provincia de Buenos Aires, encontró buena acogida en las tierras costeras del Plata, pudiendo decirse que su área de dispersión normal se da dentro del arco que forman los Ríos Salado y Samborombón y las costas del Río de la Plata, y su propagación y difusión ha ido de la mano del hombre, el que también se encargó de difundirlo hacia el resto de la provincia.
La palabra ombú deriva del guaraní “umbú” que se traduce como “linda sombra”, a lo que el criollista entrerriano, Don Martiniano Leguizamón, le agrega: “sombra o bulto oscuro”.
El ombú es una especie arborescente, cuyo nombre científico es “phytolacca dioica”, pertenece a la familia de las “fitolacáceas”, de especie “dioica”, lo que quiere decir ‘con individuos machos con flores, y hembras con flores y frutos’, y es de destacar que no sufre de plagas ni enfermedades; su tronco es grueso -a veces en exceso-, con grandes raíces visibles sobre el suelo, y es de gran porte ya que puede alcanzar los 15mts. de altura, pero no es árbol, ya que la consistencia de su madera es herbáceas, porque en realidad es una hierba gigante.
En 1927, el diario La Razón publicó una encuesta realizada entre unos 30000 alumnos de distintas escuelas, a través de la cual se determinó cual era “el árbol patrio”, y allí el ombú resultó ganador con casi el 50% de los votos; muy atrás quedaron el pino, ceibo, algarrobo…
Si bien es planta que crece en forma aislada, sin formar monte, se pueden dar algunos agrupamientos, como ocurrió en el actual partido de Florencio Varela, en la estanzuela donde se criara el célebre autor de “Allá Lejos y Hace Tiempo”, don Guillermo Enrique Hudson, lugar conocido como de “Los 25 Ombúes”.

Marcos Sastre, educador, escritor y naturalista autodidacta, destacó entre las virtudes del ombú la de poseer propiedades antisifilíticas. ¿No habrá sido acaso, el árbol que buscaba el Adelantado Don Pedro de Mendoza, cuando por 1536 se embarcó hacía el Río de la Plata, procurando la cura de su cruel enfermedad venérea?
(Se ilustró con los versos de "Ombú", que se pueden leer en el blog "carlosraulrisso-poetagasucho.blog.com")

miércoles, 22 de noviembre de 2017

OMAR J. MENVIELLE (Charla 1)

AM 1520 Radio Chascomús – Audición “CAMPO AFUERA”
Micro Nº 19 – 22/11/2017

Antes de salir “campo afuera” pa’ poder tender la vista mirando lejos, dende’l banco chueco en el que estoy sentao, vamos a ver si le arrimamos unas “astillas” al “Fogón de los Poetas”.
Sus amigos y conocidos lo bautizaron “El Poeta del Caballo”, pero para los documentos legales se llamó Omar Javier Menvielle.
Nació en el barrio de La Concepción de la Ciudad de Buenos Aires, el 09/02/1897, en la casa de su abuela materna, siendo sus padres Manuela Baldomera Sánchez Boado y Juan Menvielle Villanueva -argentino hijo de bearneses-, matrimonio que alumbró otros 5 hijos.
Las participaciones de su bautismo están fechadas en la Estancia “Los Cuatro Pozos”, por Estación Muñoz, en el partido de Olavarría, lugar en el que estaba establecida la familia.
Por entonces, don Juan era propietario de cuatro grandes estancias, a saber: “El Porvenir” en Ayacucho, “El Mataco” en Bragado, “La Tribu” en Rauch, y la ya nombrada “Cuatro Pozos” en Olavarría.
Su destino parecía encaminarse a convertirlo en médico, pero… la crisis económica de los años 30 le puso punto final a ese objetivo. La situación financiera de su padre entró en crisis, y entonces lo eligió a Omar y a otro de sus hijos, para que se abocaran a la liquidación de los campos con la consiguiente cancelación de las deudas generadas.
Se establecieron en la estancia “La Tribu” a una legua de Chapaleofú, y desde ésta como centro de operaciones, fueron poco a poco, cumpliendo con el pedido del padre, hasta que finalizada la tarea -varios años después-, se establece definitivamente en la Capital Federal, donde se emplea en la empresa estatal YPF, desempeñándose en el Dpto. de Publicidad.
Sus versos y su decir se entrelazan a los que ya venía dando a conocer Charrúa que era veinte años mayor, diferencia que no impidió se frecuentaran trenzando una seria amistad.
A principios de la década del ‘40 sus versos comienzan a ganar la calle a través de las páginas de las revista “Señuelo” y “Revista Criolla”, y por allí nomás hace su primera publicación que llevó por título el de “Albúm Gaucho”, conteniendo 11 composiciones, y teniendo un extraño aspecto de libro, ya que era apaisado, con un formato -para ejemplificarlo de algún modo- similar al de la historieta “Patoruzú”, contando con ilustraciones de don Jorge Daniel Campos.
Es muy probable que el primer tema de su autoría que gana amplia difusión entre la paisanada, haya sido “Los Medinas”, no siendo este apellido -de alguna manera- otra cosa que una simplificación del suyo, Menvielle, de difícil pronunciación para la fonética criolla, de allí que intuimos como una especie de autobiografía familiar, a la que le encuentra el origen allá por Ayacucho, donde justamente supieran sus mayores tener estancia, sin dejar por supuesto, que la imaginación gane el campo creando personajes y situaciones.

A propósito entonces, ilustramos con las décimas de “Los Medina”: (Se pueden leer en el blog "Antología del Verso Campero)

domingo, 19 de noviembre de 2017

CLAUDIO AGRELO

El pasado martes 14/11, el amigo Agrelo ha cumplido 60 años. Lo homenajeamos con este comentario
Claudio Agrelo, en la audición "La Huella",
Radio Provincia LS11, 19/10/1992

 Nació en la Ciudad de Bs.  As. el 14/11/1957, en el seno de una tradicional familia criolla, vinculada a los albores de la Nación y a la música argentina, ya que es chozno de Pedro José Agrelo, vocal Constituyente en la Asamblea de 1853, y sobrino nieto del 1º concertista de música argentina, Juan Alais.
Se crió en el porteño barrio de Flores, al que gusta llamar “el Pueblo de San José de Flores”, como antaño se decía cuando se afincaron sus mayores. A todo esto, su padre tenía un tambo por Marcos Paz. Contó alguna vez: “Mi abuelo fue un hombre de campo -como toda la familia de mi padre-  y supo ser guitarrero y cantor”. Casualmente, cuando cumplía 7 años, fue su abuelo quien obsequió una guitarra.
Ya más grandecito su padre le regalará un caballo colorado, definiéndose entonces sus dos pasiones, la guitarra y el caballo.
Por su afición a éste, es que a los 20 años se conchaba en el Mercado Nacional de Hacienda,  en “Mataderos·” como popularmente se conoce el sitio, y forma entonces entre “los reseros”, como se denomina a los trabajadores de a caballo. Transcurrirán 3 años en los que silenciará la guitarra “artísticamente”, para enriquecerse en el aprendizaje del trabajo paisano, y escuchando las narraciones y el canto criollo de boca de sus curtidos compañeros.
Antes, cuando solo tenía 15 años, apadrinado y presentado por el cantor Carlos Ríos, debuta en el célebre programa “Un Alto en la Huella” de Miguel Franco. Corría 1972.
Reconoce en Carlos López Terra y Wenceslao Varela, el norte de su rumbo; sin dejar de reconocer que también se ha nutrido de Pedro Risso, Rafael Bueno, Secundino Cabezas, Vasco Giménez, entre otros poetas de trazo muy campero.
Si bien volcó al papel sus pensamientos líricos desde joven, se dio el tiempo suficiente para cimentar su oficio, interpretando temas de aquellos, y recién cuando sintió que podía pisar con toda la pata, comenzó a misturar los versos de su cosecha.
En el año 92, cuando la Municipalidad de Lomas de Zamora organizó el Certamen “Nicanor Kruzich”, que premiaba al ganador con la edición de un libro, presentó una carpeta y confió a los amigos: “Si llegará a ganar, voy a pedir que editen los versos de Kruzich y no los míos”. Finalmente obtuvo una “Mención”.
Destacamos que en 2005 y 2006 obtuvo el Premio “Santos Vega” como mejor cantor solista. 

HORNO DE BARRO

 LR 11 – Radio Universidad – “CANTO EN AZUL Y BLANCO”
Micro Nº 50 – 19/11/2017
Con su licencia, paisano! Acomodado en la cocina grande, junto a la ventana para tener mejor luz, mientras gustamos un mate, vamos a ver si compartimos “Decires de la campaña”.

En otros tiempos ha sido como una postal de la argentina, porque no solo en nuestra campaña, sino en todos los rincones del país, era común que al lado de un rancho criollo bien plantado, se encontrase un horno  de barro. Hoy, si bien ese paisaje ha cambiado, el horno de barro o de ladrillo y barro, perdura, y ya no solo en casas de campo, sino que también en residencias puebleras, pues las nuevas técnicas han facilitado su construcción y hasta se los vende hechos. Pero volvamos al ayer.
Para aquellos que no lo hayan visto (cosa que creo difícil), su forma remeda la del nido del hornero, ya que como en éste el material primordial es el barro, es redondeado y abovedado, y como si fuese la entrada del nido, está la boca por la que se ingresa lo que haya que cocer. En la parte opuesta a la boca y en el sector más alto, se le confecciona una abertura pequeña que se denomina “tronera” y que oficia de chimenea o tiraje.
Normalmente se confeccionaba una estructura fuerte de más o menos un metro de altura, sostenida en cuatro esquineros formando una base cuadrada sobre la que se construía el horno. Con referencia a esta base, en su “Diccionario de Argentinismos”, Diego Abad de Santillán nos apunta una particularidad que ya compartimos: “En algunas regiones, al construir el horno, trazan en el centro de su mesa una cruz con sal, que luego cubren con barro o con otra camada de ladrillo, y que, según la creencia popular, hace que no se quemen los alimentos puestos a cocer”.
Para calentar el horno se ingresa leña fina por su boca y algunas astillas de buena madera, como el tala, ubicándolas en el centro de la base, donde se encienden; al consumirse el fuego, las paredes interiores deben verse como de un blanco iridiscente, y su temperatura se verifica introduciendo algunas hebras de pasto bien seco o un trozo de papel, que al instante deben encenderse.
Bien caliente el horno, se cuece en él el pan casero, empanadas, pasteles, tortas, un lechón, etc. etc.
Al momento de cocinar los alimentos, se tapa la boca del horno lo mismo que la tronera evitándose así la perdida de calor.
No se borran de los recuerdos del ayer, las ricas empanadas de dulce de membrillo que preparaba mi abuela “Chicha” Cepeda, y que cocía el horno que había templado con eficiencia mi tío Raúl Mercante.

Poetizando algo de lo que hemos dicho, vayan ahora los versos que escribiera Marcelo Altuna (Se pueden leer en el blog Antología del Verso Campero)