domingo, 23 de julio de 2017

ALPARGATA

LR 11 – Radio Universidad – “CANTO EN AZUL Y BLANCO”
Micro Nº 36 – 13/07/2017
Con su licencia, paisano! Acomodado en la cocina grande, junto a la ventana para tener mejor luz, mientras gustamos un mate, vamos a ver si compartimos “Decires de la campaña”.

Si la bota de potro fue el calzado por antonomasia que caracterizó al gaucho de chiripá durante el siglo 19, hubo un calzado introducido por la inmigración temprana, que poco a poco fue ganando su propio lugar, y hasta la actualidad ha llegado vigente, usándosela no solo en el ámbito rural, sino también en el pueblo, y ese calzado es la “alpargata”.
Todos sabemos que la misma ingresó al país de la mano de los vascos -quienes también aportaron la boina-, y esto habría ocurrido -aproximadamente- en la década de 1830, pero… curiosamente, el historiador Don José Luis Busaniche, en su libro “San Martín Vivo”, recuerda aquella famosa anécdota del Padre de la Patria, que relata sobre el día en que violando las normas quiso ingresar a un taller de explosivos y polvorín, de uniforme y botas granaderas con espuelas, siendo impedido de hacerlo por el centinela allí apostado, quien por dos veces le negó la entrada; tras retirarse, el General mudó su uniforme por ropa civil y calzando “alpargatas” se presentó ante el mismo centinela quien ahora sí le facilitó el ingreso. Lo curioso de este recuerdo que nos trae Busaniche, es que esto ¡ocurrió en 1816! Se podría pensar que Don José ya tenía de su vida en España la costumbre de usar dicho calzado, y que quizás entre sus petates trajo a su regreso pares de “alpargatas” para su uso.
En definitiva, la “alpargata” es un modesto calzado confeccionado en loneta, con suela de yute, esparto o cáñamo, históricamente de color negro, azul y blanco, las dos primeras de uso diario, para el trabajo, siendo las blancas, las de dominguear o andar ‘paquete’. También existe un modelo con cordones, por lo general azules y ribetes blancos con cordones del mismo color.
Su origen sería una derivación de una sandalia egipcia, luego modificada por los romanos, y llevada más tarde en España, al formato que le conocemos conociéndosela también con el nombre de “espardenya”. La expresión que nosotros conocemos deriva de la voz pre romana “abarca”, y de ahí al árabe hispano “alpargát”.
La primera gran inmigración vasca se produjo hacia 1835 y hasta 1853, y a partir de entonces comenzó el abastecimiento del citado producto que venía de la vieja España, y poco a poco, al ir desapareciendo las manadas de yeguarizos cimarrones, al no resultar tan fácil hacerse de unas botas de potro, agregado a eso el bajo costo, poco… a poco… la “alpargata” comenzó a calzar las patas del hombre de campo… y a veces también del indio. Y si no, veamos…
Dice el historiador azuleño Don Alberto Sarramone en su libro “Catriel y los indios pampas”: “…en Mayo de 1857 se resuelve trasladar, militarizada, a su nueva ubicación, a la tribu de Juan Catriel, a quien se le confiere el título de coronel uniformado y a Cachul, el de capitán, igual que a todos los capitanejos, uniformándeselos de la siguiente manera: bombacha grancé o chiripá, blusa azul con las insignias de su clase, quepis de guardia nacional y botas. Se los armó de sable y la tradicional lanza. A la tropa se la vistió con chiripá azul, camiseta de grancé, poncho, alpargatas y sombrero, con una insignia que indicaría su clase”.
Pero también los soldados supieron de uso, y es así que don Justo P. Sáenz (h), nos cuenta que en 1861, la infantería porteña en la batalla de Pavón, iba calzada de “alpargatas”.
Y esto no debe extrañarnos porque ya antes, en España y en 1694, por real decreto se impuso su uso a las tropas de la corona catalanoaragonés.
Allá por 1870, nos cuenta el oriental Fernando Assuncao, el vasco Juan Etchegaray comenzó con la producción local instalando su fábrica en Buenos Aires sobre la Calle Larga, y en 1890 extendió su fabricación con una planta instalada en Montevideo.

En nuestra campaña fueron también populares las “alpargatas bordadas”, y éstas, según alguna vez leí o escuché no recuerdo ahora a quién, eran producto del trabajo de bordado que hacían los presos de la cárcel de Dolores. 
(Las décimas de "Las Alpargatas" se pueden leer en el blog "Poesía Gauchesca y Nativista")

jueves, 20 de julio de 2017

CHARRÚA (Charla 5)

AM 1520 Radio Chascomús – Audición “CAMPO AFUERA”
Micro Nº 5 – 19/07/2017

Antes de salir “campo afuera” pa’ poder tender la vista mirando lejos, dende’l banco chueco en el que estoy sentao, vamos a ver si le arrimamos unas “astillas” al “Fogón de los Poetas”.
Con las palabras de hoy le estamos poniendo punto final a ésta evocación sobre Gualberto Gregorio Márquez, “Charrúa”, poeta -como ya dije al inicio- que marcó mi destino con los versos.
Allá por 10/1999 tuve la suerte de ser recibido por Don Omar Menvielle (h) -“Moro” para la familia y los amigos-, y en las casi dos horas que estuvimos trenzando palabras cayó “Charrúa” al rodeo de la conversación.
Me contó que había sido amigo de su padre, y que visitaba frecuentemente su casa, al punto que cuando él era chico, pasaba algunas tardes a buscarlo y lo llevaba a una confitería céntrica  tomar el té.
Me informó también que su vida había estado ligada al campo, como administrador de establecimientos rurales, y en la atención de su propio campo sito por Gral. Las Heras.
En el ámbito ciudadano y cultural, participaba de las reuniones en el Centro Tradicionalista “El Ceibo”, que funcionaba en el subsuelo de la Confitería América, ubicada en Avda. Santa Fe y Pueyrredón, en la Capital Federal. Allí llegó a ser presidente de dicha agrupación cultural.
En provincia, estuvo muy vinculado desde la década del ‘30, al Círculo Tradicionalista “Leales y Pampeanos”, formado en 1932 cuando la unión de “Los Leales” y “Los Pampeanos”, ambas agrupaciones de principios del Siglo 20. Allí, Virginia Vera, era cantora mimada, y supo incorporar a su repertorio “Lo que quisiera tener” -que grabó en 1937- y también “Amanecer”. Con ella supo cultivar una franca amistad. En unas décimas que le escribiera al Círculo, le dedica a ella: “Del Círculo a la ‘patrona’, / le apreto fuerte la mano, / mientras le ofrezco del llano / alguna flor cimarrona;”.
Gracias a Julio Vera, hijo de Virginia, que un día facilitó una foto tomada en su casa en el año que cumplía con el servicio militar, en la que junto a su madre aparecían otros famosos como Ochoa y Fleury, ¡pudimos conocerle la cara a “Charrúa”!
Ya dijimos en la primera charla que el poeta falleció a los 86 años de edad en el Hospital Alemán, en las primeras horas del día 31/10/1962. Dos meses antes, en agosto, había aparecido su último libro, “Rastrilladas”, en él se dedica un verso al que titula “Dentrau en años”, y por allí dice: “Cargar años es haber / rejuntau mucha esperencia, / cosa que la mesma cencia / no duebla con su poder,…”.
Este “nativo uruguayo” por nacimiento, pero que era argentino hasta “el tutano” como el que más se precie, tuvo como héroes admirados a San Martín y Belgrano, y todas las proezas de las luchas por la independencia.
Y a los amantes del verso gauchos nos ha legado una cantidad de poesías, que a 55 años de su partida se encuentran más vivos que nunca, sazonados de saberes brindados por la experiencia de haber vivido las cosas que volcó en versos y adornó de armoniosas rimas.
 Don Gualberto Gregorio Márquez, “Charrúa”, esta ha sido nuestra evocación.
(Quienes quieran leer "Lo Que Soy", deben entrar al blog "Antología del Verso Campero")

domingo, 16 de julio de 2017

TRANQUERA

LR 11 – Radio Universidad – “CANTO EN AZUL Y BLANCO”
Micro Nº 35 – 16/07/2017
Con su licencia, paisano! Acomodado en la cocina grande, junto a la ventana para tener mejor luz, mientras gustamos un mate, vamos a ver si compartimos “Decires de la campaña”.
La palabra “tranquera”, es para el Diccionario Español, un "americanismo" que designa a una puerta rústica hecha generalmente con trancas; y de esta palabra, “trancas”, devino en la antigüedad la voz “taranquera” que en realidad designaba a una valla o pared de defensa, y de esta palabra, simplificando su pronunciación, apareció la voz “tranquera”, que entre nosotros designa a la puerta de un corral o un alambrado.
A pesar de que en la campaña pampeana al alambrado se lo conoce recién después de 1845, Don Juan Manuel de Rosas, en su reconocido “Instrucciones a los mayordomos de estancias”, que según parece corresponde a 1825 -20 años antes del suceso señalado-, en la sección “El Campo, Las Poblaciones y El Personal”, recomienda que “Las puertas de las tranqueras  deben cerrarse de noche donde puedan entrarse animales”.
A medida que el campo, ganado -dicho así, entre comillas- por la “civilización”, comenzó a alambrarse a partir de 1855, empezó a difundirse el uso de las “tranqueras”, pero entonces, con su respectivo candado y “a llave muerta”, como se denominaba a aquellas que permanecían cerradas y cuya llave solo portaban el mayordomo y/o el capataz. Esto originó la indisposición de los gauchos acostumbrados a rumbear a campo a su gusto, quienes en muchas ocasiones procedieron a cortar los alambrados para seguir el camino que llevaban. Evoca Martín Castro esta situación en su verso “Hachando Alambrados”.
El “Tata” Hernández, en su meticuloso y didáctico “Instrucciones del Estanciero”, nos da algunas particulares e interesantes referencias, en aquellos años que los alambrados comenzaban a tenderse aceleradamente. Nos dice: “Las puertas tranqueras para caminos vecinales son en general de cadenas y varía su anchura de 6 hasta 15 varas (o sea 5 hasta 13 mts.), y de 60 varas (o sea 52 mts.) las de los caminos reales ”, y explica que “El número de cadenas que se coloca es de 4 o 5”. Queda claro que al hablar de cadenas, Hernández no se refiere a las “tranqueras” de madera y grampas de fierro que han llegado hasta nosotros. Lástima que no nos da otra explicación.
Una cosa sí queda bien definida, y es que en esas aberturas de 13 mts., posteriormente fue común cubrirlas con dos tranqueras que se unían al centro, abriendo una a derecha y la otra a izquierda, y eran muy útiles para salir con tropas de hacienda, y más tarde lo serían para el paso de las maquinarias agrícolas.
A la “tranquera” que está próxima a la casa principal o que da acceso a la misma, la llamamos habitualmente “portón”, palabra que es aumentativo de “puerta”, y que para el caso funciona como sinónimo de “tranquera”.
Curiosamente cuando hablamos del corral nunca se nombra la “tranquera”, porque si hay yerra y se va a volcar el lazo, la costumbre señala que ha de ser “puerta ajuera del corral”.
 Artemio Arán, ese escritor al que siempre recurrimos por una impresión distinta, poéticamente sentenció: “Si está cerrada parece, que la calumnia ha llegado o que la huella uno ha errado y que nada la enternece. / En cambio si está entreabierta, es espera de un ausente, anuncia que está presente, y un mate lo aguaita alerta”.
Las “tranqueras” de mayor tamaño necesitan, para no vencerse, de  una rienda sujeta en la parte superior del lado que lleva el cierre, sujeta al poste alto al que está engrampada la misma.
Hay también “tranqueras” confeccionadas de alambre y varillas, conocidas como “tranquera de cimbra”, “chacareras” o simplemente "tranqueras de alambre".

Con una composición de Berho dedicada a una de éstas, ilustraremos sobre este tema.
(En el blog "Antología del Verso Campero", se encuentran las décimas de "Tranquera de Alambre" de don Luis D. Berho)

miércoles, 12 de julio de 2017

CHARRÚA (Charla 4)

AM 1520 Radio Chascomús – Audición “CAMPO AFUERA”
Micro Nº 4 – 12/07/2017

Antes de salir “campo afuera” pa’ poder tender la vista mirando lejos, dende’l banco chueco en el que estoy sentao, vamos a ver si le arrimamos unas “astillas” al “Fogón de los Poetas”.

Si bien a Menvielle se lo apodó “el poeta del caballo”, “Charrúa” escribió muchísimo sobre el noble animal, compañero imprescindible e inseparable en la vida del hombre de campo, a raíz de eso, escribí un trabajo que titulé “El caballo en los versos de Charrúa”, que está incluido en mi libro “Cinco Poetas Gauchos” que apareció en 2014.
Allí pude agruparlos por pelajes, cualidades, condiciones, trabajos, cuadreras y tropillas. De una manera u otra siempre estuvo el caballo presente en la poesía de “Charrúa”; por eso será que en los versos con que ilustramos las charlas de los dos miércoles anteriores, el caballo ocupó un lugar de privilegio, ellos fueron “Carta Gaucha” (hablaba de un caballo en amanse), y “Mis Pingos”.
Si bien en mi entender el poeta sobresale cuando el verso no solo es campero desde el tema sino también desde el lenguaje, supo “Charrúa” escribir en el estilo, que a veces para hacernos entender denominamos “culto” -porque en ellos se respetan las normas del lenguaje español, aquel que tiene que ver  con lo que se enseña en la escuela), pero sí respeta la precisión de la cuestión criolla que relata o describe; por ejemplo: “Quiero allí un pingo alazán / que galope alto y tendido / que trote bien recogido / y que sea un huracán. / Que tenga, por si le están / ponderando su lindeza, / suelto juego de cabeza / para que luzcan las prendas, / y que haga jugar las riendas / con elegancia y limpieza”. Habrá notado el oyente, que ni siquiera un “pa´” utilizó el poeta, y sin embargo el verso es gauchito.
De sus cuatro libros, el primero -“Pampa y Cielo”-, al igual que el último -“Rastrilladas”-, son prácticamente inhallables. El que suele aparecer, quizás porque originalmente se hizo una gran tirada, es “Sentir lo Argentino”, el más voluminoso de todos.

En él hay una poesía que puede considerarse emblemática, pues su mensaje ejemplificador lo ha hecho propicio para dar un integral consejo criollo, y por eso fue tomado por muchos recitadores, para decirlo en ese momento en que se quieren gritar cuatro verdades. Su nombre? “Aprendan Muchachos”. Por supuesto vamos a dar la versión original tal cual apareció en el libro.
(El verso aludido se puede leer en el blog "Antología del Verso Campero")

domingo, 9 de julio de 2017

PONCHO

LR 11 – Radio Universidad – “CANTO EN AZUL Y BLANCO”
Micro Nº 34 – 09/07/2017
Con su licencia, paisano! Acomodado en la cocina grande, junto a la ventana para tener mejor luz, mientras gustamos un mate, vamos a ver si compartimos “Decires de la campaña”.
Fundamentalmente para las culturas indígenas de esta parte de América, el “poncho”  (prenda de forma rectangular -aunque puede haber excepciones- y de medidas variables), es realizado por mujeres y para el uso exclusivo de los hombres. Es prenda masculina por excelencia,  con una abertura en el centro, la boca. Aquellos que no la tienen se denominan “manta”.
Graciela Suárez, investigadora y experta en textiles, dio esta explicación: “Entre las diferentes prendas hechas en un telar, el poncho resulta especial, ya que, al ser vestido, establece una frontera entre lo externo y lo interno: resguarda a quien lo lleva, manteniéndolo en íntimo contacto consigo mismo, y solo proyecta hacia afuera su representación”. Vale decir que Graciela Suárez, entre 1995 y 2000 realizó el estudio, la clasificación y el fichado de los tejidos del Dpto. Científico de Arqueología del Museo de La Plata.
Esta pilcha, tan criolla para todos nosotros, quizás viene siguiendo el devenir del hombre desde que el mismo necesitó vestirse. O sea que nos remitimos a los orígenes de la humanidad.
Pero entre nosotros, en lo que podemos definir como ambiente o cultura gaucha, el “poncho”, ha resultado una pilcha siempre presente en los atavíos criollos.
Como muchas otras veces, para conocer nuestro ayer, debemos hurgar en lo que escribieron los viajeros que visitaron el país en la centuria del 1800 a 1900; allí encontramos a Arsene Isabelle (famoso naturalista), quien testimonió: “El poncho es una prenda de vestir indispensable para viajar por estas llanuras, pues él proteje de las lluvias, del polvo, del calor y del frío”.
En aquellos años, los hombres de nuestra campaña, entonces llamados ‘gauchos porteños’, con mayor asiduidad gastaban ponchos “arribeños”, denominación que se daba a los “ponchos” tejidos en las provincias andinas de Catamarca y La Rioja, la más de las veces, listados, o bayos lisos o con un listón de un color más oscuro a cada costado; de los telares de santiagueños provenían unos “ponchos” más vastos, predominando los colores grises y azulinos, lisos y a veces también listados.
Mucho antes de la llegada del conquistador, para ser más preciso 3000 años atrás -con lo cual se demuestra que no es pilcha introducida por la nueva cultura dominante-, ya se conocía el “poncho” en el Imperio Incaico, lo único que en quechua la denominación era “unku”, y tenía además finalidad de manta fúnebre.
No está claro el origen de la palabra “poncho”, hay quienes sostienen que proviene del quechua “ponchu”, y otros dicen que del araucano “pontho o poncho”, pero en esa lengua el vocablo correcto es “macum”; aunque tampoco faltan quienes dicen que al igual que la voz “rancho”, “poncho” proviene del lenguaje de la marinería española; dejamos la duda…
 Después de 1820 y merced a la explosión industrial en Gran Bretaña, comenzaron a llegar a las pulperías de nuestra campaña “los ponchos de paño o ingleses”, a muy bajo precio, lo que jugó de manera perjudicial a los ponchos artesanales de nuestros telares criollos. Duele a veces cuando hoy, los coleccionistas pagan ‘fortunas’ por sumar un poncho inglés.
Hay un “poncho” que a diario todos usamos, puebleros y paisanos, y ese es el “poncho de los pobres”: ¡el sol!
(en el blog "Poesía Gauchesca y Nativista" se pueden leer las décimas de "Poncho" de José Juan Bianchi)

miércoles, 5 de julio de 2017

CHARRÚA (Charla 3)

AM 1520 Radio Chascomús – Audición “CAMPO AFUERA”
Micro Nº 3 – 05/07/2017

Antes de salir “campo afuera” pa’ poder tender la vista mirando lejos, dende’l banco chueco en el que estoy sentao, vamos a ver si le arrimamos unas “astillas” al “Fogón de los Poetas”.

A lo largo de su vida, Gualberto Gregorio Márquez, “Charrúa”, publicó cuatro libros: “Campo y Cielo” en 1938, “Sentir lo Argentino” en 1943, “Con Todo el Lazo” en 1948 y “Rastrilladas” en 1962. A excepción de “Sentir lo Argentino”, todos los demás estuvieron ilustrados por el pintor criollo Jorge Daniel Campos (primo hermano de Florencio), y, salvo el primero que contó con unas palabras introductorias del propio autor,  los tres libros restantes tuvieron prólogo, y el mismo siempre fue redactado por Amancio González Paz, quien solamente una vez lo llama por su nombre y apellido en “Sentir lo Argentino”, por lo que mayoritariamente siempre se habló de “Charrúa”, así a secas.
Es bueno enterarnos de cómo llegó a su primer libro, y para saberlo recurrimos a sus propias palabras y así nos dice que: “Jamás pensé en compilación alguna, pero debí ceder a las insistentes exigencias de mis buenos amigos Alejandro Lanús Montes de Oca y Pastor N. Lindquist (…) Éste último se entregó a la tarea de recopilar (…) y así mis versos tomaron forma escrita…”.
También habla de quien fuera la madrina de “Campo Cielo”, la poetisa Laura Piccinini de de la Cárcova, de quien dice recordar que le dijo: “Acérquese, Charrúa, a este fogón amigo desde ya, que la leña está bien seca y no ha de hacerle llorar la vista. A su calor pueden dorarse sus estrofas, que para mí son bellas y no deben quedar ignoradas”.
Y finalmente, concretando esa intención, “…un grupo de entusiastas amigos que me escuchaban siempre me transmitieron su propósito de obsequiarme con la edición de este libro, para que mis versos cumplieran su destino…”.
Ese primer trabajo -que apareció con el sello de “Librería y Casa Editora de Jesús Menéndez”-, contenía tres de los versos que lo trascenderían porque fueron musicalizados y los cantores los llevaron por distintos caminos, me refiero a: “El Desafío”, “Temblando” y “Tata no quiere”.
Curiosamente, de ese libro -que se integraba con cuarenta y cinco composiciones poéticas-, veinticinco se repitieron en el segundo, que totalizó setenta y un temas.
Como siempre estas charlas la cerramos con un verso, tentado estoy ahora de ofrecerles los ocho cuartetos de “Temblando”, bello y delicado poema que nos habla del amor, de la pureza del mismo en un marco de total naturaleza.
Le rogamos a los oyentes que se olviden del vals, para escucharlo ahora como fue en un principio: un poema, y notarán también algunas diferencias con las versiones grabadas.

Dice entonces:
(el poema se puede leer en el blog "Antología del verso campero")

domingo, 2 de julio de 2017

BOLEADORAS

LR 11 – Radio Universidad – “CANTO EN AZUL Y BLANCO”
Micro Nº 33 – 02/07/2017
Con su licencia, paisano! Acomodado en la cocina grande, junto a la ventana para tener mejor luz, mientras gustamos un mate, vamos a ver si compartimos “Decires de la campaña”.
Para el aborigen de esta parte de América, la boleadora era un instrumento de caza y un arma de pelea. Así fue que Luis Ramírez, integrante de la expedición de Sebastián Gaboto, en una carta fechada en 1528 -hace 489 años-, testimonió: “Estos querandis son tan ligeros que alcanzan un venado por pies, pelean con arcos y flechas y con una pelotas de piedra redondas… y tan grandes como el puño, con unas cuerda atada que las guía, las cuales tiran tan certero que no hierran a cosa que tiran…”. Describe el elemento pero no lo nombra, porque era algo desconocido para el conquistador.
El gaucho hará de ellas una pilcha inseparable en su permanente vida de campo, útil -como se dijo al principio-, en el trabajo y la pelea, más bien imprescindible en las travesías por la inconmensurable llanura, donde (se ha dicho muchas veces), quedar de a pie, era estar en la antesala de la muerte. Así es que Don Justo P. Sáenz (h) ha testificado: “Las boleadoras de potro, llevábanlas nuestro antiguo hombre de campo ceñidas a la cintura con dos o tres tipos de nudos que permitían desatarlas al más leve tirón. Es así que he conocido criollos que en contados segundos las tenían en el aire, revoleando, casi con la rapidez con que se arranca un revolver de la pistolera. (…) y conjurábase con su oportuno empleo, el grave riesgo que suponía quedar a pie en una rodada”.
Existen dos tipos de boleadoras: “las potreras”, con bolas grandes de piedra o madera dura, retobadas en cuero, unidas por tres ramales confeccionados en cuero crudo torcido de una extensión no menor al metro ochenta.
El otro tipo se denomina “avestruceras o ñanduceras”, y acá la diferencia fundamental es que las bolas son de un tamaño bastante menor, también de piedra e incluso confeccionadas en plomo, pudiendo ser de dos o tres ramales. El mismo Sáenz ha afirmado que desde un caballo a la carrera “…circunstancia que les confiere un mayor alcance, que suele aproximarse, cuando son lanzadas por un brazo poderoso, a los cincuenta metros”.
En las “potreras” de 3 ramales, uno de estos lleva una bola un poco más chica y ese ramal es apenas más largo, más o menos el tamaño de una bola; a ese ramal se lo denomina “manija” y es la bola que se agarra para revolear; justamente, en 1845, Francisco Javier Muñiz describió: “Las usan tomando la más pequeña, que llaman manija; y haciendo girar sobre la cabeza las otras dos voladoras las despiden a las patas del caballo…” o animal que quieren apresar.
Antecesora fue la “bola loca o bola perdida”, arma arrojadiza formada por una piedra sujeta a una lonja de cuero de más o menos un metro, que el indígena tiraba con mucho acierto.
El siempre poético Artemio Arán la definió: “Serpiente de tres cabezas que se enrosca a las patas del bagual o el (cogote del) ñandú en gambeta”. En la actualidad, en nuestra campaña, se llevan más que nada conformando grupa en la cabeza de los bastos, armando el recado. 
(En el blog "Poesía Gauchesca y Nativista", se pueden leer los versos de "Las Boliadoras" de Martín Castro)

miércoles, 28 de junio de 2017

CHARRÚA (Charla 2)

AM 1520 Radio Chascomús – Audición “CAMPO AFUERA”
Micro Nº 2 – 28/06/2017

Antes de salir “campo afuera” pa’ poder tender la vista mirando lejos, dende’l banco chueco en el que estoy sentao, vamos a ver si le arrimamos unas “astillas” al “Fogón de los Poetas”.
En charlas entre amigos y muchas veces también cuando he hablado en público sobre poetas gauchos y literatura costumbrista, suelo hacer mención de que “Charrúa” ha sido ‘mi maestro’ en los versos. Y si bien no tuve la suerte de conocerlo ni recibir indicaciones de su experiencia, insisto, ha sido ‘mi maestro’. (Lo cual no significa que yo haya sido buen alumno).
¿Por qué mi maestro? Pues viene el cuento: en la ya lejana infancia, cuando tenía 3, 4 años, mi padre tenía la costumbre de decirme los versos que sabía de memoria, porque era muy aficionado a recitarlos en reuniones familiares o entre amigos. Por suerte tuvo el buen tino de nutrirse de claros autores como el aludido “Charrúa”, Evaristo Barrios, Martín Castro o Francisco Bianco. A poco de iniciada esa costumbre resultó que “el nene”, como un lorito repetía varias de aquellas composiciones, con la curiosidad que prevalecía la memorización de los versos de “Charrúa”, por qué?, porque supongo que con mucho de lo que él decía, estaba en contacto prácticamente a diario, porque su vocabulario me sonaba a conocido ya que a muchas palabras las escuchaba en boca de mis abuelos, de los tíos viejos, de los vecinos. Esta identificación me llevó distinguir esos versos como cosa auténtica, y en contraposición no entendía el “Martín Fierro”, al punto que al gran poema recién lo leí completo y lo interpreté, después que conocí determinados asuntos de la historia.
Ya que estamos  con el “Martín Fierro”, vale decir que después de su aparición, del éxito que representó, nada de lo que se seguía componiendo estaba a su altura, y por consiguiente se produjo un vacío que dura unos 30 años, en los que los poetas desarrollaron dramas tremebundo, el gaucho siempre era un matrero, con pulperías de escenario y peleas de por medio, situaciones muchas veces lúgubres… y esto dura -según mi ver- hasta que en el escenario de los versos aparecen, ¡justamente!, los versos de “Charrúa”.
Ya a inicios de la centuria de 1900 la situación y la vida de campo han cambiado dástricamente: el llamado ‘problema del indio’ está apaciguado sino, solucionado; los campos se han alambrado por lo menos en su contorno, la hacienda chúcara y cimarrona va siendo mejorada, ya no se puede recorrer distancias cortando campo (si no, se comete un delito), el hombre de campo, el personal de las estancias se ha mensualizado, y comienza a ganar terreno la vida de la chacra, se expande la agricultura, que no era justamente el escenario del gaucho.
Y allí corta grande “Charrúa”, comienza a cantarle al caballo, al domador, a la casa de la estancia, al galpón, al jagüel, a la tropilla, a sus caballos de andar, a la yerra, a la tropa, al cencerro, a la carreta que va cediendo terreno en su existir, al trabajo de recorrer, a la circunstancia de bolear un ñandú, al rancho, casualmente… a todos los temas que le siguieron cantando los poetas del Siglo 20, lo que a mi entender da nacimiento a la poesía campera, que no es lo mismo que lo que comúnmente llamamos -aunque mal- poesía gauchesca.

Un verso que mucho me llegó en la niñez, fue “Mis Pingos”.
("Mis Pingos" se puede leer en el blog "Antología del Verso Campero")

domingo, 25 de junio de 2017

REBENQUE

LR 11 – Radio Universidad – “CANTO EN AZUL Y BLANCO”
Micro Nº 32 – 25/06/2017

Con su licencia, paisano! Acomodado en la cocina grande, junto a la ventana para tener mejor luz, mientras gustamos un mate, vamos a ver si compartimos “Decires de la campaña”.

Artemio Arán, aquel escritor y político “sampedrino” que por largo tiempo vivió radicado en Córdoba y que estuvo muy vinculado a la Agrupación Bases y a los orígenes del Día de la Tradición, dijo del rebenque: “En las pulperías hizo percha del facón y fue el primero en responder al insulto del borracho insolente. Es una adhesión permanente a la hombría y muchas veces evitó una desgracia. En las domas amansó rebeldías y en las cuadreras salvó la fama del parejero a puro chasquido de aliento”.
El rebenque forma parte del apero y está asociado a la ensillada, como que no se sale a caballo sin llevarlo pendiendo de la manija en el dedo pulgar de la mano derecha, o del índice y medio; esto… si la persona es diestra, ya que la zurda se ocupa de llevar las riendas.
Antiguamente, en la centuria del 1800, o sea Siglo 19, fue muy usado el “rebenque de argolla”, y al respecto explica y aclara don Justo Sáenz (h): “El antiguo ‘rebenque porteño’, notable por su gran argolla de hierro o plata, terminado en un cabo hueco a modo de pasador o ‘caño de estribera’, de no más de veinticinco centímetros de largo y lonja ancha y doblando las dimensiones de éste, no es exclusivamente original de la provincia de Buenos Aires, pues antes de 1880 era popular en la Mesopotamia y otras regiones del país. Su azotera se hacía de dos guascas cosidas y a veces enterizas, las que solían abrazar el aro referido a través de dicho ‘caño’ y llevaba manija: de tiento o cadenilla de plata, pasada por la argolla”.
En general y normalmente el rebenque se compone de cuatro partes, a saber: manija, cabo, paletilla y lonja.
El rebenque que reemplazó al “de argolla”, y que es el que actualmente se usa, tiene el cabo más largo que aquel, por lo general de entre 35 y 45 cm. siendo la lonja de la misma medida o un poquito más.
El cabo del rebenque de trabajo, el de todos los días o todo andar, por lo general está retobado con el cuero de una cola de vaca sacada en bolsa y bien lonjeada, que se coloca húmeda sobre el palo elegido, y una vez seca queda firme dando una buena terminación con un frunce en la cabeza del rebenque, y alguna sortija que pone la terminación en la paletilla.
Para la construcción del cabo se suele usar madera de membrillo o naranjo, aunque muchas veces por ser planta típica se ha usado la madera de tala, y si bien no todos los investigadores coinciden, de allí proviene la denominación de “talero” como sinónimo de rebenque rústico.

Del mismo modo que no todos coinciden con el uso correcto de la manija, nos quedamos -porque tenemos esa misma interpretación-, con la opinión de Tito Saubidet y Miguel Etchebarne, que afirman que el rebenque no se cuelga de la muñeca, ni se agarra del cabo para castigar. Por eso mismo, D. Bartolomé. Gutiérrez, cuando evocó al escoses gaucho D. Roberto Cunninghame, dijo: “Mano de hombre de a caballo / la que saluda cordial, / la manija del rebenque / suspendida en el pulgar”.
(Las décimas de "El Rebenque" de Miguel D. Etchebarne, se pueden leer en el blog Antología del Verso Campero)

domingo, 18 de junio de 2017

FACÓN

LR 11 – Radio Universidad – “CANTO EN AZUL Y BLANCO”
Micro Nº 31 – 18/06/2017

Con su licencia, paisano! Acomodado en la cocina grande, junto a la ventana para tener mejor luz, mientras gustamos un mate, vamos a ver si compartimos “Decires de la campaña”.

FACON
“Remotas huellas de llama / y de martillo lo azulan / con brillos que confabulan / los cruces de la amalgama; / con reverberos de escama / el resplandor lo sonroja / y si en el mango se moja /  la luz en candor de plata, / entre hielos se amorata / la línea cruel de la hoja.”, así comienza a describir el cuchillo la excelentísima poesía de Don Miguel Etchebarne.
Tenemos por costumbre denominar “facón”, a todo aquel cuchillo de cintura que usamos atravesado en la espalda, pero en realidad aquellos que son de forma triangular, por más que sean largos, siguen siendo “cuchillos de cintura” con la característica de que nunca llevan ningún tipo de defensa para la mano; en cambio el “facón”, según el saber de Don Mario Aníbal López Osornio, tuvo su origen al ser construido con restos de sables; esto hace que su espiga coincida con el centro de la hoja, siendo ésta angosta y muy fuerte a pesar de su extensión, caracterizándose por tener filo de un solo lado (aunque a veces los primeros 10 cms. del lomo, pueden estar rebajados), muchas veces con sangrador (la canaleta central), y generalmente con defensa contra la empuñadura, siendo ésta en forma de “S”, de “U”, o un simple “crucero” recto.
Dijimos que para la construcción, en sus orígenes se usaron hojas de sables, agregamos entonces bayonetas, espadas y hasta aún de limas chatas y gastadas. Posteriormente las fábricas comenzaron con la provisión de hojas ya construidas de exprofeso y a estrenar, las que hoy son buscadas por coleccionistas, ya que hay registros de marcas y procedencia.
La voz “facón” deriva y es aumentativo de la palabra “faca”, que significa “cuchillo corvo”, y ésta a su vez viene del árabe “farhah”, palabra que designaba al “hierro de la lanza”, y que pasó al español en el largo dominio de 8 siglos que los moros tuvieron sobre media península ibérica a partir -aproximadamente- del año 700.
Citamos “cuchillo corvo”, y esto nos trae al recuerdo una palabra caída en desuso, con la que el gaucho designaba al cuchillo largo o al facón, y ésta es la voz “alfajor”, curiosa porque parece que remite a un postre, pero que en cambio era la transformación amañada que se le dio a la voz árabe que designaba un largo cuchillo corvo, “el alfanje”, de allí pues: “alfajor”.
Si bien puede decirse que el “facón” es arma de pelea, en las manos ingeniosas del gaucho también fue herramienta de trabajo, con la que supo hachar un gajo, cortar pasto o paja, hacer un pozo, cuerear, etc.
En cambio el “facón caronero”, prácticamente una espada, fue arma de defensa y pelea, que nunca se portaba en la cintura, sino entre las caronas del recado, fundamentalmente en la vida del siglo 19, cuyo uso desaparece cuando la estancia se expande, los campos se alambran y los recados largos se acortan.

Evocamos ahora al “facón” con los versos de Carlos López Terra: "Viejo Facón"

(Los versos se pueden leer en el blog "Antología de Versos Camperos")

miércoles, 14 de junio de 2017

CHARRÚA (Charla 1)

AM 1520 Radio Chascomús – Audición “CAMPO AFUERA”
Micro Nº 1 – 14/06/2017

Antes de salir “campo afuera” pa’ poder tender la vista mirando lejos, dende’l banco chueco en el que estoy sentao, vamos a ver si le arrimamos unas “astillas” al “Fogón de los Poetas”.

Nuestra primera intención es desmitificar respecto de su nacionalidad, porque al identificarse como “Charrúa”, siempre se lo asociaba al país oriental.
Sobre el final de la década de 1930 apareció su primer libro, y durante las décadas del ‘40 y ‘50, fue muy difundido, al punto que sus temas “El Desafío”, “Tata No Quiere” y “Temblando”, fueron grabados y muy populares. Ahora, respecto de su persona y su vida, prácticamente nada se sabía, ni se mostraba alguna imagen suya. Y no había quien supiese dar información sobre el particular.
Por el año 1991/92, Ismael Russo (quien fuera un reconocido guitarrista que supo integrar el elenco de guitarras de Edmundo Rivero, y era un apasionado recolector de datos sobre personas del ambiente artístico criollo), conjuntamente con el poeta Horacio Bazán, me acercaron copia de unos datos que acababan de recabar en un Registro Civil de Capital Federal. Por los mismos nos enteramos que en las primeras horas del 31/10/1962, víctima de un sincope cardíaco, había fallecido en el Hospital Alemán porteño, Gualberto Gregorio Márquez, “Charrúa”, la edad de 79 años.
Muy poco después, el mismo Bazán aparecía con otra novedad: un libro de “Charrúa” que desconocíamos y que casualmente apareció el año de su fallecimiento: 1962. En el mismo, tanto el prologuista como el propio autor, informan que su edad es de 86 años. Una pequeña diferencia de 7 años con la anotada en su defunción. A partir de este dato, por una cuenta inversa, estimamos que su año de nacimiento rondaba 1876.
De un análisis detallado de todos sus versos, rescatamos aquellos donde dice: “Yo soy nativo uruguayo / siendo mi madre porteña,…”; y reafirma en otras rimas: “Nací en la Banda Oriental / criándome en la argentina”. Y en cuanto a su padre, apunta: “Soy el hijo de estanciero / de aquella estancia primera…”.
En aquella información del Hospital Alemán aparecía como responsable del trámite Conrado Eduardo Márquez, y, un poco a su pedido, en 2007, su hija Ángela Márquez -sobrina nieta del poeta-, encaró la re edición de todas las obras de “Charrúa”, en un solo tomo. Allí confirma que nació en Mercedes, Uruguay, el 17/11/1876, y que realizó toda su vida desde la escuela primaria, los estudios medios y los de escribano que no concluyó, en Argentina; y en su obra siempre se tuvo como tal, y dijo que era capaz de jugarse “como el mejor argentino”.
Si uno recurre a las antologías de poesía gauchesca o nativista uruguayas, se encontrará que nunca lo incorporan, o sea, no lo tienen en cuenta, no lo reconocen como un poeta de esos pagos más allá de que haya nacido en la tierra oriental.
Del famoso escritor Julio Cortazar, nacido en Bélgica, a nadie se le ocurrió nombrarlo como extranjero y siempre se lo trató como el argentino que era.

En conclusión, Gualberto Gregorio Márquez, “Charrúa”, más allá de su seudónimo nunca dejó de ser argentino nato.

(Los versos de "Carta Gaucha" se pueden leer en el Blog "Antología del verso campero")

domingo, 11 de junio de 2017

RASTREADOR

LR 11 – Radio Universidad – “CANTO EN AZUL Y BLANCO”
Micro Nº 30 – 11/06/2017

Con su licencia, paisano! Acomodado en la cocina grande, junto a la ventana para tener mejor luz, mientras gustamos un mate, vamos a ver si compartimos “Decires de la campaña”.

En “Facundo”, Sarmiento -él, que no quería al gaucho-, hace  una encendida exaltación del rastreador Calibar, y reflexiona: “¿Qué misterio es este del rastreador? ¿Qué poder microscópico se desenvuelve en el órgano de la vista de estos hombres? ¡Cuán sublime criatura es la que hizo Dios a su imagen y semejanza!”.
Este Calibar era sanjuanino, y siempre se sostuvo que los más sabios rastreadores han sido de las provincias andinas, destacándose además a los sanjuaninos a los riojanos, y esto lo aseguraba y afirmaba el mismísimo Gral. Mansilla, aquel que se adentró al desierto y reflejó su incursión en “Una Excursión a los Indios Ranqueles”, quien en sus tropas siempre tuvo alguno y sostenía por su propia experiencia, que en San Juan y La Rioja estaban los mejores.
El poeta oriental Wenceslao Varela -quien sobre este tema recibió muchas enseñanzas de un paisano entrerriano-, escribió unas magníficas décimas repletas de detalles y minucias, en una de las cuales canta: “Sé en un rastro de baguales / si va madrina o padrillo / y sobre el renglón de un trillo / leo signos desiguales; / destingo en los arenales / la ranilla con tramojo. / Y marco, en cualquier rastrojo / o ande se hunda la pisada, / vejigas, taba cargada, / cuerda tensa o ñudo flojo”.

El ingeniero francés Alfredo Ebelot, que permaneció entre nosotros de 1870 a 1908 y tuvo a su cargo la construcción de la “Zanja de Alsina”, y dejó reflejos de su experiencia fronteriza en varios libros, en uno de ellos, “Pampa”, dejó noticias de lo que le tocó vivir en este aspecto. En síntesis: cuenta que anoticiado de que al parapeto de la zanja se le había practicado un boquete de unos dos metros, por el que habían  penetrado y salido un grupo de indios, mandó ensillar y partió con un piquete a inspeccionar el agujero, ordenando se le mande un rastreador. Ya en el sitio, en un día muy frío y ventoso que levantaba tierra, describe la llegada del “rastreador”: “…un sujeto de pura sangre arribeña (aclaramos: Córdoba y las  provincias andinas), lacio el pelo, saliente los pómulos, torvos los ojos a la par que penetrantes, y, para más señas, soldado viejo y milico irreprochable.”. Tras mirar largo tiempo, callado, las intrincadas pisadas a uno y otro lado del parapeto y la zanja, como con indiferencia, sentenció: “Han pasado seis caballos montados, quince sueltos, y una yegua madrina con un potrillo de seis a ocho meses”. Señalando que tomaron con rumbo a los valles de Sierra de la Ventana. Al día siguiente fueron capturados, y todo coincidía con lo que dedujera el “rastreador”, salvo… que no había tal potrillo…, pero más luego, los soldados que rastrillaban la zona, lo encontraron extenuado, rendido de cansancio, impedido de seguir el ritmo frenético impuesto al viaje por los indios. Y la relación quedó demostrada cuando lo reencontró la yegua con las efusividades de madre.

(Los versos de "El RASTRIADOR" de GABINO EZEIZA, se pueden leer en el Blog "Antología del Verso Campero")

miércoles, 7 de junio de 2017

ASTILLAS DE WENCESLAO (Charla 10 - final)

AM 1520 Radio Chascomús – Audición “CAMPO AFUERA”
Micro Nº 10 – 7/06/2017

Antes de salir “campo afuera” pa’ poder tender la vista mirando lejos, dende’l banco chueco en el que estoy sentao, vamos a ver si le arrimamos al fogón de los versos, unas “astillas de Wenceslao”.

Con estas palabras comenzamos a dar el postrer tranco de los 10 que le hemos dedicado al “poeta de América”, deseando haber aportado alguna cosita para el conocimiento de su persona y su obra.
El gran Abel Soria, cuando el 18/02/1989 se le realizó un homenaje en el 16° Festival de Durazno, expresó: “No hay dudas que Don Wenceslao es el primero de los poetas gauchos, siendo también paradójicamente, el último”; respecto de esto último -valga la redundancia- podemos no estar de acuerdo con Soria, pero sí compartimos que haya sido quizás el último tan grande.
Otro gran oriental, Sandalio Santos, versificó en la Revista “El Fogón” N° 1, de 3/1956, cuando el poeta no había cumplido aún 50 años: “Que siga firme Varela, / con su ronda de canciones / dándonos criollas leciones / en esa su gaucha escuela, / y que aflore en su espinela / el encanto del relato, / al par que el ensueño grato, / y la verdad del consejo / y aprenda el niño y el viejo / con el cantor maragato.”.
Y si lo dicho no alcanza, recurramos entonces a su autodefinición, cosa que no podemos discutir: “Yo ensillo con mi recao / pilchas sin plata y sin oro / y como que ando en mi moro / ando siempre bien montao! / Ni poncho pido emprestao / aunque me muera de frío, / mi listao, hasta en estío / lo está pasando el sereno, / más prefiero a poncho ajeno / andrajos del poncho mío”.
Más allá de conocer su pensamiento, hemos traído estas rimas para compartir una reflexión: no sabemos en realidad si tuvo un “moro” para su silla, pero siempre habla de él como si lo tuviese allí a mano, en el palenque, o atado a la sombra del árbol más próximo al rancho. Ahora bien, Varela era un ferviente admirador de Hernández y su canto reivindicador del gaucho, y, pregunto: ¿en qué pingo andaba Fierro cuando lo destinan a la frontera…? En un “moro”! ¿Casualidad o intencionalidad de identificarse con el poeta argentino?
Muchas distinciones y homenajes recibió Varela en vida, uno ya lo citamos al remitirnos a Soria, pero vale recordar que el 6/05/1965, en el Estudio Auditorio del Sodre, Osiris Rodríguez Castillo ofreció un recital “sintetizando un movimiento popular en homenaje al poeta Wenceslao Varela”.
En su San José natal, en la década del ’70 se había constituido la “Peña Nativista Wenceslao Varela”, creada en su homenaje y con la “principal finalidad, la edición de (el libro) ‘Diez Años Sobre El Recao’”, objetivo que -por suerte para nosotros-, alcanzaron.
En 05/1988, el Honorable Senado uruguayo había aprobado por unanimidad un gran homenaje al poeta, la edición oficial de todas sus obras publicadas hasta entonces, y el otorgamiento de una pensión graciable, pero… tenemos la sensación que tal resolución quedó boyando en aguas de borrajas.
Si bien en la primera charla lo apuntamos, recordemos que había nacido el 25/05/1908, falleciendo en el sanatorio de su pueblo, aproximadamente a las 20hs. del sábado 25/01/1997, a los 88 años de edad, siendo sepultado en el Panteón Policial del Cementerio de la Ciudad de San José, siendo acompañado hasta allí por un cortejo de gente del pueblo e instituciones de a caballo.
Tras su muerte, la Intendencia Municipal de San José adquirió la casa en la que vivió el poeta y la transformó en el Museo Tradicionalista Wenceslao Varela, designando también con su nombre, la calle que pasa a su frente, siendo entonces la dirección: Calle Wenceslao Varela N° 267, con horario de visita, de martes a domingo, de 10 a 12  y de 15 a 19 hs..
También en la vecina ciudad de Florida, por Decreto Municipal N° 22 del 7/08/1988 se designó con su nombre la vía pública que va de Maestra Ana Fonsalba hasta la Avda. José P. Varela; y por si lo dicho no alcanza, el escenario de la “Sociedad Criolla Manuel Artigas”, sobre Ruta 3, en San José, también lleva su nombre. Todos testimonios, estos, de la valorización de un pueblo que lo ama
En su último libro, “Albardones”, presentado en un acto homenaje del Gobierno Nacional y Municipal, expresó: “…lo único que siento como propio es el gaucho y su destino. Y, cuando un poco cansado ya, de andar entre albardones, hago un repaso de lo pasado y pienso que, quizás pueda dar éste mi último homenaje al que, con humildad y coraje, contribuyó a forjar esta Patria que hoy tenemos.”
Agradeciendo a Daniel Líneas y su programa “Campo Afuera” por esta oportunidad de comunicarme con su audiencia, disculpen la vanidad, pero quiero cerrar éste ciclo con la última décima del verso que escribí y feché  el 29/01/1997, al enterarme de su desaparición:

Pienso al fin… que no se jué…
sacó a retozar su empeño
pa’encontrar el duro ceño
de aquel indio “Yyazuiré”…
Por siempre en su San José
su nombre… será un anhelo,
y cada vez que’n mi suelo
busque’l sentir de Varela
“Mis Manos” se hará vigüela
y canto, con Claudio Agrelo.


(Los versos de “Déjenmé en Tierra” se pueden leer en el blog “Antología del Verso Campero”) 

miércoles, 31 de mayo de 2017

ASTILLAS DE WENCESLAO (Charla 9)

AM 1520 Radio Chascomús – Audición “CAMPO AFUERA”
Micro Nº 9 – 31/05/2017

Antes de salir “campo afuera” pa’ poder tender la vista mirando lejos, dende’l banco chueco en el que estoy sentao, vamos a ver si le arrimamos al fogón de los versos, unas “astillas de Wenceslao”.

“Si nos permite patrón / vamos a hacer unos tiros / pa’ no estar entre suspiros / gastando conversación. / Yo soy pa’l naipe, chambón / y a la taba me’jercito. / Es juego criollo y limpito / que muy poca cencia esije. / Me tiembla, como le dije, / el brazo roto, un poquito.”.
 Esta situación que Varela comienza a relatar en las décimas de “Taba y Baquianos”, se daba no solo en las pulperías y en las reuniones de los días de fiesta, sino también en los fogones de los troperos que llegaban a “la tablada” con arreos de diversos departamentos, o en los que se armaban en los altos de las tropas de carretas, a los que “como distráidos”, solían caer aquellos que al juego lo sabían hacer un modo de vida.
En cierta oportunidad le contó a un periodista que lo entrevistaba: “En torno a los fogones paisanos tuve mi mejor escuela y allí aprendí lo que es la vida, les debo todas mis obras, que son un reflejo de sus propias costumbres y expresiones”; y allí mismo, opinamos nosotros, se hizo baquiano en el manejo del naipe y en saber revolear con criterio el güesito bayo. Allí, en esa escuela de la vida, mamó también los devenires del juego, que eso también forma parte de la campera vida de antaño, y por eso “Guruyense” estampó en un escrito suyo que Wenceslao era “…una enciclopedia viviente sobre el devenir campero.”.
Con la misma naturalidad que en sus versos nos habló de dramas de la vida, de historias trágicas como las de “La Cuenta”, “El Barcino”, “El Chasqui Feliciano” o “El Lazarillo Gaucho”, también nos habló de las cosas de la vida cotidiana de trabajo y sustento, como en “La Yerra”, “La Tropa”, “La Ida del Gaucho”, “Mi Moro”, “Jineteada”, “Mi Rancho” o “Coyunda”, y porque forman parte de la vida sencilla y sentida del campo de ayer, no pudieron estar ausente las cuestiones que entretuvieron la vida rústica de aquellos hombre y aquellos tiempos, y así fue que le cantó con propiedad y conocimiento a “La Carrera”, “Ni Amor Ni Juego”, “En el Partidero”, “Carreras Muy Por Allá”, “Monte y Trampas” y justamente “Taba”, tema del que ya puntualmente nos ocuparemos, porque sí fue devoto del “lazo” para ejercitarse y lucirse en la puerta de un corral, no le hizo asco con “la bayita” en la mano, ni a la peor parada, y por eso supo versear: “…en la taba soy certero y muy cebao a ganar,…”.
En definitiva, puede afirmarse que fue la suya “una literatura de la existencia, de un reflejo de la dura vida que volcó en el papel a través de la poesía, de la narrativa, de los brochazos camperos sin tergiversaciones, de auténtico cuño en la observación y en el manejo del lenguaje con todos los modismos del habla campesina.”, según supo definir con acierto en el diario “El País”, el periodista Nelson Domínguez.

Vamos ahora a cumplir con el deseo del creador de este alero que nos cobija, con los cuartetos de “Taba”:
(El verso se puede leer en el Blog "Antología del Verso Campero")

domingo, 28 de mayo de 2017

APERO

LR 11 – Radio Universidad – “CANTO EN AZUL Y BLANCO”
Micro Nº 29 – 28/05/2017

Con su licencia, paisano! Acomodado en la cocina grande, junto a la ventana para tener mejor luz, mientras gustamos un mate, vamos a ver si compartimos “Decires de la campaña”.

Apero: llamase así, a todas las pilchas que se usan para ensillar un caballo, la suma de lo que comúnmente llamamos “juego de cabeza”  y “lomo o recado”.
480 años atrás, en nuestros orígenes, solamente ensillaban los conquistadores, y estos habían traído de la vieja Europa los dos estilos -o las dos escuelas-, en uso por esos pagos: “la silla de jineta” y la de “brida o estridote”. La primera, que era cuadrada y muy fuerte, contaba de altos borrenes o arzones adelante y atrás, lo que hacía que el jinete quedaba como encajado en la misma, con una estribada muy corta; “la de brida”, según Don Justo P. Sáenz, tenía bajo el fuste posterior, un pequeño pomo de arzón, el asiento bien mullido y los estribos largos, de manera que el jinete estribaba como nuestros criollos.
Dice Agustín Zapata Gollán en su historia de “El Caballo y el Recado”, que la silla de altos borrenes fue, “la silla de cabalgar de los conquistadores; y fue también la jineta la silla usada por los mancebos de la tierra (o sea los primeros criollos) que con Juan de Garay bajaron del Paraguay en 1573, a fundar la ciudad de Santa Fe…”, que luego se allegarán hasta las costas del Plata para fundar definitivamente a Buenos Aires trayendo los primeros arreos.
Ciento y pico de años después, ya definida la figura del gaucho, compondrán el apero: cabezada, riendas, freno, bozal, cabresto, y todas las pilchas necesarias del lomillo: bajeras, matras, caronas, casco o silla, estriberas y estribos, encimera y cincha, cojinillo, sobrepuesto y cinchón; debiendo sumarse la manea, maneador, lazo, boleadoras, espuelas y rebenque. Todos elementos necesarios para cabalgar, sobrevivir en grandes extensiones, y poder hacer la noche.
Según Octavio P. Alais (n. 1850 – m. 1915), lo apuntado corresponde a “un apero sencillo, aunque también los hay de mucho lujo, de grandes chapeaos, como antes solía decirse, esto es, cubierto de plata pura, con grandes pretales también de plata, y espuelas inmensas del mismo metal que se llamaban nazarenas. (pero) basta conocer el apero sencillo, el que el gaucho necesita para sus trabajos del campo y que le es indispensable”. “El apero es la montura de trabajo; y hay que dejar establecido que tiene su originalidad americana, su sello propio”.
Con el paso del tiempo y la mestización del caballo, el lomillo se reemplazó por los bastos partidos, sistema que permite ajustar la separación a los bastos, adecuándolos al ancho del lomo del caballo a ensillar.
Los otros dos cambios importantes son el achicamiento de las caronas, y el reemplazo de las matras por los mandiles, esto porque ya el hombre no necesitaba tender el recado para hacer cama.

Para ilustrar poéticamente algo de lo que hemos contado, recurrimos a Borís Elkin: 

("Recado" de Boris Elkin, se puede leer en el blog "Poesía Gauchesca y Nativista")

jueves, 25 de mayo de 2017

ASTILLAS DE WENCESLAO (Charla 8)

AM 1520 Radio Chascomús – Audición “CAMPO AFUERA”
Micro N° 8 – 24/05/2017

Antes de salir “campo afuera” pa’ poder tender la vista mirando lejos, dende’l banco chueco en el que estoy sentao, vamos a ver si le arrimamos al fogón de los versos, unas “astillas de Wenceslao”.

Casualmente nos toca hacer este comentario casi en el día del nacimiento de Wenceslao, por lo que debemos comenzar por decir que mañana cumpliría 109 años.
Muy someramente vamos a desandar el trillo de las creencias, la religiosidad, la fe del poeta.
Desde lo personal siempre anidaron en mí las dudas respecto de la religiosidad del gaucho; éste supo de Dios y lo respetó, pero fue poco afecto a los ritos de la iglesia; no obstante en cada rancho por lo general no faltaba una imagen de la Virgen, aunque la atención del rezo -cuando se lo conocía-, era éste patrimonio de las mujeres de la casa; y cuando por casualidad se asistía a una parroquia, a no ser por el casamiento o un bautismo, ingresaban las mujeres y el hombre esperaba afuera que terminara el oficio.
Más allá de lo referido, el hombre practicaba ciertos formulismos, como persignarse ante una tumba, o expresar “Dios lo ampare” ante un muerto o alguien que se “desgració”, o aquella rutina presentada con sentimiento cuando un niño ante el abuelo o una persona mayor y de respeto, hincándose le pedía “La bendición, Tata”, recibiendo por respuesta. “Dios lo haga güeno”.
A estos ritos se limitaba, a mi entender, la religiosidad del gaucho.
Creo que con Wenceslao pasaba lo mismo, pero siendo éste un poeta de fina inspiración lo reflejó en versos profundos y sentidos.
Uno de ellos es “Me Visitó la Virgen”, delicadísimos ocho cuartetos alejandrinos (o sea de 14 sílabas, el verso más largo), donde casi que hincado canta a esa supuesta aparición milagrosa, y dice que al verla se “santiguó”, y que después, en señal de respeto y admiración  “me puse pa’adorarla el chiripa más nuevo, / y mozo por ajuera y por adentro niño / la contemplé con todo mi proverbial respeto. // Qué linda estaba, llena de celestial belleza…”, y cuenta que después de esa visita, “…sin saber la causa me siento más contento…”.
Otro verso muy puntual como el recién mencionado, es el que titula “La Misa” dentro de la obra “Diez Años Sobre El Recao”. En él nos cuenta que estaba en pareja con una entrerriana, y que en una ocasión al llegar al rancho, ella le avisa: “Compañero, viene un hijo / a alegrar el rancho suyo…” y le comenta que le ha prometido a la Virgen “Ir los dos, mañana, a misa…”, y él consiente diciendo “…Si el moro quiere que usté / se le siente sobre’l anca…”.
Al otro día, cumpliendo con lo prometido nos cuenta: “La misa había empezao / y tal silencio reinaba, / que se óia si se cortaba / una tela en el quinchao; / busqué un rincón apartao / pa’ hincarme con mi entrerriana. / Blanca melena lozana / el sacerdote lucía / y el chiripá se le vía  / al abrirse la sotana.”. Agudo detalle describe: el cura estaba de chiripá.

Cerrando este aspecto, y como homenaje al amigo Manuel Rodríguez que está cumpliendo 93 años y siempre tuvo este poema en su repertorio, nos vamos con los versos de “Ruego”:

(Los versos de RUEGO se pueden leer en el blog "Antología de Versos Camperos")

domingo, 21 de mayo de 2017

PALO A PIQUE

LR 11 – Radio Universidad – “CANTO EN AZUL Y BLANCO”
Micro Nº 28 – 21/05/2017

Con su licencia, paisano! Acomodado en la cocina grande, junto a la ventana para tener mejor luz, mientras gustamos un mate, vamos a ver si compartimos “Decires de la campaña”.


Hasta la aparición del alambrado, el hombre de campo se las tuvo que ingeniar bastante para la construcción de: las poblaciones, los cercos, los corrales, recurriendo a los elementos que le brindaba la naturaleza de su zona: piedras, tierra, cinas-cinas, talas, tunas, cueros, etc.
En anteriores oportunidades nos hemos referidos a la escases de montes naturales para la obtención de buena madera, y lo mismo expresó José Hernández en su “Instrucción del Estanciero”, cuando escribió que en los campos de pa’juera “allá faltan las maderas, no hay medio fácil de proporsionárselas, y por lo tanto los corrales son de zanja; y por cierto muy buenos y seguros”.
Por eso a medida que el hombre fue adaptándose, afianzándose y dominando el ambiente, se encargó de llevar lo que necesitaba de los campos de pa’dentro, y en este caso puntual la provincia de Entre Ríos fue la principal proveedora de palos de ñandubay, los que bien pelados, y enterrados adecuadamente, se decía que podían aguantar siglos sin deteriorarse.
¿Por qué puntualmente hablamos del ñandubay? Porque fueron los postes casi exclusivamente usados para la construcción de corrales de ‘palo a pique’, y a veces hasta de paredes de ranchos para hacerlos más fuertes.
Y… qué es el ‘palo a pique’? cualquier diccionario explica que es un palo o poste enterrado perpendicularmente en tierra y bien apisonado, y muy junto un poste de otro.
Siguiendo con Hernández, que ha sido muy puntilloso y detallista en todo lo que apuntó en su libro ya citado, nos dice que los postes de ñandubay se preparaban en 4 categorías: “postes, medio poste reforzado, medio poste liviano y estacones”. Luego da el largo y grosor de cada uno, y de los postes, que juegan un papel principal en la construcción de los corrales, explica: “El poste debe tener 14 cuartas de alto (aclaramos: unos 3.60 mts.) (...y…) debe tener 18 pulgadas (casi 46 cms.) cuando menos de circunferencia a una vara (o sea 86 cms.) del último corte. Debe tener 12 pulgadas (unos 30 cms.) por los menos (…) a las 10 cuartas (o sea los 2 mts.)”. Y en su meticulosidad hasta aporta el precio que, dice: “es generalmente de 18 a 20 pesos moneda corriente cada palo”. Estamos en 1881.
En cuanto a plantar los ‘palos a pique’, dice que debe comenzarse por abrir una zanja angosta de una profundidad de 60 cms., y en ella, cada unos 4 mts. y medio, se hace un pozo de 40 cms. (que con  los 60 ya abiertos se llega al metro), donde van “los principales” o sea morrudos postes, que son los que van dando la resistencia a la pared del corral.
En los primeros corrales las ataduras se hacían con lonjas de cuero, y Hernández aporta experiencia: “…si fuese atado con guasca, ésta debe ser lonjeada, pues si es peluda dura menos, en razón de que el pelo conserva humedad, se pudre fácilmente con las lluvias, y esto puede causar daños cuando se encierra”.
En la zanja abierta, después del primer “principal” comienzan a ubicarse los siguientes palos, buscando siempre que las curvas queden para afuera, “La tierra debe afirmarse a pisón, por camadas”. Concluida la construcción, se recortan las puntas buscando que queden todos los palos de la misma altura.
Si bien mayoritariamente a estos corrales se los hacía redondos, Hernández aconsejaba hacerlos cuadrados, opinando que así las paredes quedaban más fuertes.

Dijimos corrales y paredes de ranchos, pero también los fortines en su fortificación tenían un cerco de ‘palo a pique’ al igual que las construcciones de las estancias pioneras en el desierto.
(Las décimas de "Palo a Pique" de Charrúa se pueden encontrar en "Antología del Verso Campero")

miércoles, 17 de mayo de 2017

ASTILLAS DE WENCESLAO (Charla 7)

AM 1520 Radio Chascomús – Audición “CAMPO AFUERA”
Micro N° 7 – 17/05/2017

Antes de salir “campo afuera” pa’ poder tender la vista mirando lejos, dende’l banco chueco en el que estoy sentao, vamos a ver si le arrimamos al fogón de los versos, unas “astillas de Wenceslao”.


Ya sabemos de su capacidad poética, de su calidad de escritor, pero… los que nunca estuvimos con él nos preguntamos: ¿cómo era físicamente?
La verdad que la mayoría de las fotos que ilustran cuantiosos reportajes que atesoramos, lo muestran de medio cuerpo, o simplemente el busto, por lo general tocado de aludo sombrero, puesto como solo sabe hacerlo quien está habituado al uso de tal pilcha. La vestimenta es siempre ciudadana: camisa de cuello con corbata y saco, y a veces finas cintas hechas moño. Cierto que tampoco faltan aquellas imágines en que una boina cubre su cabeza cana.
Pero a raíz de su fallecimiento, el diario El País de Montevideo, el domingo 26/01/1997 publicó una nota evocativa que firma Nelson Domínguez “El Guruyense”, a la que ilustran dos imágenes: la última foto que se le tomó, y otra de un Wenceslao joven.
La tengo frente a mí, y de su observación intento una descripción: de regular estatura y muy bien plantado, viste ropas paisanas de trabajo, y se lo nota -aunque flacón como siempre fue- fuerte y de buena presencia. Se nos ocurre pensar que la toma debe ser de la década de 1940, y entre 35 y 40 años de edad le calculamos. Le cubre la cabeza su característico sombre negro bien reclinado a la derecha, dejando la frente y la mirada libre de obstáculos; viste su busto una camiseta blanca de manga corta, y anudado al cuello pero bastante flojo, un pañuelo oscuro. Faja y tirador angosto con una rastra chicuelona le ciñen la cintura, asujetándole sobre la pierna izquierda un largo culero que cae hasta algo abajo de la rodilla; también prendidas a la cintura lleva un juego de boleadoras. Botas fuertes calzan sus pies. Y como si estuviese en una yerra o en la antesala de la misma, una de sus pasiones cuelga naturalmente de su mano diestra: el lazo, dándonos la impresión que es bastante largo.
Podríamos completar lo dicho con la imagen literaria que nos deja Sandalio Santos, destacado poeta y periodista uruguayo de su misma generación como que había nacido en Pando en 1903. Antes de que en 1947 se produjera la publicación del libro de poesías “Vinchas”, la editorial Cisplatina le pide escriba el prólogo, y él rememora que no conocía personalmente a Varela, y de su obra solo tenía un vago conocimiento, más que nada por la voz de los cantores. Nos cuenta: “Acepté la tarea, leí el libro y luego quise conocer al autor. A tal efecto me trasladé, sin previo aviso, a la Ciudad de San José (…). Me encontré allí a un hombre joven aún (Wenceslao tenía entonces 38 años), vestido según la costumbre de nuestros paisanos y sin ninguna de las ‘poses’ afectadas de los que se visten de criollos para impresionar al auditorio. Nada tampoco me hizo, exteriormente,  presentir en él ni en su casa, a un escritor profesional; esto me reconfortó bastante. Hablamos largo…”.
 Completamos su figura espiritual con un recuerdo de los tiempos niños de su hija Primavera de María: “…la felicidad de los niños no necesita viajes a Punta o Disney, pues nos bastó y nos llenó de gozo el esperarlo con nuestra madre a la vuelta del Molino en las noches de verano para irnos a la Picada de las Tunas y en medio del río escuchar las historias de ‘Juan El Zorro’, sin más salvavidas para mis hermanos más arrojados que un tronco de ceibo o una cámara de auto”.
En ese pensar en sus hijos y la familia, también andaba el personaje central del “Romance Para un Ladrón de Potros”, pero con un final muy distinto, aunque Wenceslao, que de caballos, contrabandos y cruces de río sabía mucho, aprovecha para sembrar de verosimilitud lo que su pluma narra.

Presten mucho atención en lo que la letra dice, no, en cómo está dicha.

(En el blog "Poesía Gauchesca y Nativista" se pueden leer los versos arriba aludidos)